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Mayor General Ignacio Agramonte
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LIBRO QUINTO | ||||||
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Se hace cargo Agramonte, el día 13 de enero, del mando camagüeyano. Ordenes de La Esperanza y del Jobo. Organización de sus tropas. Proclamas por la prensa. Juicio de Pirala. Táctica empleada por la caballería de Agramonte. Asalto a la Torre de Pinto. Derrota táctica de las tropas cubanas. Juicio nuestro sobre este combate. Extraordinaria actividad de Agramonte. Combate de Lauretánea. Parte de Fajardo. Asesinato de la familia Mora y Mola. Continúan las presentaciones. La trágica herencia del año 1870. Pronuncia Agramonte su frase "con la vergüenza". Ordenes dictadas en el campamento de Caridad Curana. Combate de Hato Potrero. Marchas de la División Camagüeyana. Embarca Quesada la expedición de venezolanos y les dirige patriótica proclama. Despacho del General Agramonte al Secretario de la guerra, sobre operaciones del General Villamil y Coronel Agramonte. Ataque por el Mayor, en 30 de septiembre, del poblado y fuerte del Mulato. Agramonte es la antorcha a cuya luz viste Cuba sus avíos de guerra. Cartas de Manuel Ramón. Silva, Melchor Bernal y Cornelio Porro. Proclamas de Valmaseda. Se organizan columnas volantes para la persecución de los insurrectos. Sale Sabás Marín. Malta el campamento de Agramonte Porro. Captura a Sanguily. Antecedentes de la captura. Avisa el jefe español a Camagüey. Preparativos de esta ciudad para recibir al prisionero. Recibe Agramonte noticia de la captura. Rasgo que pinta el personaje. Sale con 35 hombres de a caballo a rescatarlo. Episodio del rescate, y destrucción de la guerrilla de Matos. Marcha de Sabás Marín sobre el lugar del encuentro. Partes oficíales cubanos y españoles. Juicio critico de la acción; modelo de cargas de caballería. Relación de los héroes cubanos que tomaron parte en el combate. Homenaje a los mismos en febrero de 1925 (supervivientes). Termina la campaña de 1872 con las acciones siguientes: El Plátano, La Horqueta, San Ramón de Pacheco, La Matilde, Sitio Potrero y El Edén. Juicio de Collazo sobre la caballería camagüeyana. Bajas cubanas y españolas en "La Horqueta". Parte oficial español. Parte de Pocurull en "El Fanal", de 15 de noviembre de 1871, referente al combate de Santa Marta. Asalta Pocurull el 26 de noviembre el campamento de Sebastopol de Najasa. Como explica Sanguily la causa que permitió a Agramonte levantar la revolución en Camagüey. Juicio de Leopoldo Barrios sobre el Mayor. Combates de Palmarito, El Destino, Casa Vieja y San Borge. Acción de San José del Chorrillo, donde muere el Coronel Agramonte Piña. Nombramiento del General Agramonte para la Jefatura del Distrito de las Villas. Deposición del general Máximo Gómez en el mando de Oriente. Enérgica y admirable actitud del Presidente. El 29 de junio ataca y destroza Agramonte la vanguardia de la columna del capitán Feliú. Combate del Salado y destrucción de la fuerza enemiga. Formidable macheteada de Jacinto y destrucción de la "Compañía Volante de Voluntarios Movilizados de Matanzas." Quedan sobre el campo y en las guásimas inmediatas cerca de 200 cadáveres enemigos. Valor incomparable de la caballería camagüeyana. Como la describe Don Fernando Figueredo. Circular de Agramonte en toda la zona de su mando que abarca las provincias de Camagüey y Santa Clara. Termina la campaña de 1872. Ataque al poblado de las Yeguas, combate de la Matilde, acción del Carmen y combate de Loma de Vapor. En la brillante carga de "La Matilde" cae prisionero el hermano de uno de los asesinos de Augusto Arango. Lo ejecutan, después de juzgarle en consejo de guerra. Llega a la Habana el Capitán General Pieltaín. Primeras disposiciones. Se prepara Agramonte para invadir a Occidente. Importancia de esta maniobra estratégica. Campaña de 1873. Combate de Buey Sabana, donde derrotan los cubanos al enemigo. Bajas cubanas y bajas españolas. Continúa marchando la división camagüeyana hasta el 21 en que se dá el combate en el camino de Jobo a la Ceiba. Bajas cubanas y españolas. Asalto del campamento cubano en la Ceja de Lázaro. Derrota enemiga. Encuentros de Ciego de Najasa y de San Miguel. Orden de la plaza de Camagüey de 15 de febrero de 1873, anunciando la proclamación de la República Española. Combates del primero y del 3 de marzo. En éste dejan los españoles 28 cadáveres sobre el campo. Combate de Aguará. Versión de Ramón Roa. Acción de Molina. Bajas enemigas. El "Cocal del Olimpo". Quedan 48 cadáveres españoles sobre el campo. Llega el Mayor a Jimaguayú. Revista a sus tropas. Fiesta nocturna. Aviso de la presencia enemiga en Cachaza. La columna española. Las fuerzas cubanas. Posición que ocupaban. Principia el combate. Estudio del mismo por los planos. Muerte de Agramonte. Lugar donde cayó. Tropa que le mató. Descartada, por absurda, la versión de que murió a manos cubanas: de que cargó a los españoles: de que mató con su espada a un soldado enemigo. Juicio critico militar de la acción de Jimaguayú. Agramonte es nuestro Marcelo. Retirada ,de las fuerzas cubanas y españolas. Serafín Sánchez explora el campo. La carta de Enrique Mola y los veteranos de Camagüey. Queda sólo el cadáver del Mayor en Jimaguayú. El campamento de Guano Alto. Refutación de la tésis de Lagomasino. La lógica mística y la lógica racional. Los místicos buscan la explicación de la muerte en el asesinato. Queda probado plenamente que Agramonte murió en combate. Datos de la autopsia. Demora en conocer el jefe español la muerte del Mayor. Parte español de la acción. Alcance al "Fanal" de 12 de mayo de 1873. Incineración del cadáver. Lo que la explica y justifica. Relatos de la acción por el "Gorrión" de 18 de mayo de 1873; por el "Fanal" del día 13; por el del día 29, ambos de mayo: por el "Diario de la Marina" y la "Gaceta de la Habana" del día 15 del propio mes. Carta de Máximo Gómez a Amalia Simoni y nota de su "Diario de la Guerra". Carta de Amalia Simoni al director de "Patria". Importancia de estos documentos. Paralelo entre el caso Agramonte-Gómez, Filipo-Alejandro, y el Rey Sargento y Federico El Grande. A el corazón cubano se alza altivo frente al extranjero dominio; donde ayer había desaliento y cobardía hoy reina entusiasmo y coraje; las notas de la trompeta mambisa resuenan alegres en las interminables sabanas del Camagüey legendario y miles de soldados se aprestan a la lucha y se alinean bajo el pabellón cubano; es que ya, el ídolo de sus tropas, el caudillo epónimo de esta guerra; el libertador de Cuba, si una bala maldita y proditora no se interpone en su ruta luminosa, había vuelto al cargo que nadie pedía desempeñar mientras en su pecho latiérale el corazón. Y el día trece de enero de 1871 se hace cargo del mando de su tropa y ese propio día dicta la orden general que tenemos estudiada y el veinte dicta, en el Cuartel General de La Esperanza, su orden de organización que completa en treinta por otra expedida en el campamento del Jobo. (1) Organizó su caballería prescribiendo las Obligaciones que todos habían de observar y cuanto era necesario para el buen régimen que se proponía establecer, sin descuidar los menores detalles. Cada compañía constaba de un capitán, un teniente, dos subtenientes, un sargento primero, tres segundos, cinco cabos, uno de ellos furriel, un corneta y 75 soldados, de éstos ocho desarmados para reemplazar a los muertos, heridos y ausentes. Con esta medida satisfacía, dice Pirala, "una de las mayores necesidades de las fuerzas insurrectas, pues aun teniendo las armas necesarias había que poner a los que las necesitaban en aptitud de usarlas y apreciarlas." En tanto, la prensa cubana llama a los hombres a la lucha, porque nada descuidaba este hombre extraordinario: "¡A combatir! Nadie está exento de pagar una deuda tan sagrada, y si en estos momentos solemnes, en que va a decidirse acaso de la felicidad o de la eterna desdicha de Cuba, hay alguno tan menguado que no corra al campo de batalla, ése, si mañana celebramos el triunfo, no podrá contemplar sin rubor sobre su frente, flotando al aire, la bandera de nuestra redención, y si morimos en la defensa de nuestro derecho, a donde quiera que dirija, su mirada verá nuestras irritadas sombras, y al sentir de 'nuevo el hierro de la servidumbre sobre su frente, no tendrá , para Su consuelo la simpatía del mundo y la bendición de Dios, porqué el mundo desprecia y Dios maldice a los que contemplan impasibles el asesinato de la Patria, por los inicuos verdugos del despotismo." En este libro habremos de ver al Mayor empleando la mentada táctica de Viriato, en múltiples combates, según la cual amagaba al enemigo, con una pequeña fuerza exploradora, por lo que aquél, engañado y creyendo en la debilidad de su contrarío, se lanzaba a la persecución, desalado y desprevenido; y a buena distancia, cuando ya su caballería iba rendida por la fatiga que el galope de carga produce prontamente en los caballos, era sorprendido, y vencido, y diezmado por la contracarga irresistible de aquellos escuadrones legendarios, de los que afirmó el propio Pirala que estaban a la altura de las mejores unidades españolas Jiménez Castellanos, en su obra "Sistema para Combatir las Insurrecciones en Cuba", decía: "Siendo todos los insurrectos del Camagüey buenos jinetes, destinaron a la caballería los jefes, oficiales y soldados que habían demostrado más valor, audacia y conocimiento en el tiempo que llevaban de guerra, con lo cual y los buenos caballos de que podían disponer, a nadie extrañará que tuviesen una caballería ligera, capaz de competir con la mejor." Ya el ilustre capitán de la milicia camagüeyana cuenta con un par de centenares de soldados disciplinados. Ya es otra la moral de la tropa, a la vista de aquel Ayax, que hoy se encuentra midiendo la arena, donde ha de vencer al enemigo; ya cesó el periodo de calma, la fuga diaria, la deserción contínua y ahora se presentan los cubanos el 20 de febrero de 1871, rente a la torre óptica de Colón, dirigidos por el joven caudillo en la risueña mañana de aquel día de primavera, a disputarle a España la citada posición, situada a 20 kilómetros no más de la capital de la provincia y construida, por orden del capitan General Caballero de Rodas, en la célebre campaña de los cien días que, como dijera Sanguily, fué de los cientotres días. La posición, sólidamente construida, con maderas del país, tenía dos plantas, aspilleras y estaba rodeada de ancho foso, con el necesario puente levadizo. Defendíala un alférez dé Chiclana con 26 hombres. Agramonte sale el día 19 por la noche, desde Sabana-Nueva, dividiendo sus tropas para marchar y llevando, en consecuencia, él una parte de sus fuerzas y el coronel Agramonte la otra, esperando tomar por sorpresa la posición; per marró el golpe, porque el jefe de la misma tuvo conocimiento d los reconocimientos verificados, durante • la tarde del día anterior por exploradores cubanos, lo que le hizo tomar medidas de vigilancia y defensa, para evitar la sorpresa, con lo que frustró los planes del audaz general cubano, derrotado por primera vez, en esta ocasión. El destacamento advertido, pasó sobre las armas la noche del 19 al 20 y, ya de día, alejado con la sombra de la noche el temor al ataque cubano, se dispuso la salida del ranchero que hacía el café, en cuyo momento se destacan del palmar inmediato las líneas cubanas que cargaron, acto seguido, sobre la torre, dando vivas a la libertad y a la patria. Envuelta la fortaleza por sus cuatro frentes, se aprestó inmediatamente a la defensa; formaron los insurrectos tres líneas de ataque, Integradas: la primera por negros con fajinas y escalas, la segunda por infantería y la tercera por caballería. Entablado el fuego por ambas partes los cubanos colocaban las balas por las aberturas de las aspilleras, habiéndole causado a los sitiados cinco muertos, trece heridos graves y tres leves; pero luchaban a pecho descubierto y fueron severamente castigados por el fuego español. Los defensores hicieron derroche de heroísmo, reemplazando los pocos valientes que quedaban sus carabinas por las de los muertos cuando no admitían la bala en el cañón de tanto disparar. El jefe hizo prodigios de valor y cuando ya agotado casi todo el parque de la defensa, sólo se defendían con el de los muertos, vió con alegría el valiente Alférez la retirada cubana, que se verificó a Sabana-Nueva, donde se practicó la primera cura de los heridos, en número de treinta; los muertos fueron cinco. Dice Juárez Cano que Agramonte obtuvo noticias, por el comandante Fidel Céspedes, de que una columna que la noche anterior había pernoctado en la finca "Las Parras", marchaba con rumbo a Pinto y que por ello ordenó tocar retirada. En tanto que Enrique Ubieta afirma como comprendiendo el general que no ameritaba más sacrificio de vidas conseguir el copo, puesto que parte de la torre había sido quemada y la mayor parte de sus defensores muertos o heridos, mandó a tocar alto al fuego y con sus heridos, después de enterrar sus muertos, se dirigió al "Pilar", donde pernoctó. Entre los heridos en esta desgraciada acción se contaban el ilustre Marqués de Santa Lucía y Manuel Sanguily. Nosotros estimamos acertada la versión de Juárez, por cuanto el hecho probado de las terribles bajas sufridas, por parte de la tropa española, acredita que el fuego de la defensa, al retirarse los cubanos, tenía que ser muy débil; y si uno de los fines de toda acción, en nuestra guerra de independencia, era apoderarse del armamento enemigo, no es concebible que cuando ya el Mayor tenía sus manos sobre la presa fuera a retirarse del lugar por el fundamento peregrino que invoca el citado Ubieta, máxime cuando ellos no querían la posición, sino lo que había en ella. Debe tenerse en cuenta, además, que se trataba de la primera acción seria empeñada por el Mayor, al hacerse cargo nuevamente del mando del Camagüey. Antes de retirarse los cubanos recogieron todos los efectos que había en la bodega-cantina y en los conucos del caserío inmediato, el que redujeron a cenizas. En esta acción, que constituye un desastre táctico, cometió el Mayor un error muy grave, y ya sabemos que los errores en la guerra se pagan invariablemente con sangre. Consistió en asaltar, a pecho descubierto, una posición defendida por infantería bien armada, apostada tras un reducto que protegía, además, ancho y profundo foso, del asalto de la caballería. Este error, cometido por los españoles, en las acciones de Bonilla, Altagracía, Minas de Juan Rodríguez y el Clueco, en todas las que se destacó brillantemente nuestro biografiado, debía haber contenido su entusiasmo y su ímpetu que, unidos a la imprevisión, incalificable en él, condujéronle al apuntado fracaso. No se nos oculta que el factor suerte, que influye en la guerra, como en todo, se puso esta vez de parte del jefe español, ya que si éste no hubiese estado prevenido, y esperado el ataque, la sorpresa, puesta al servicio del Mayor, habría inscrito en su escudo un triunfo más. Pero tan pronto el jefe cubano advirtió las medidas de defensa del sitado, las reglas más elementales de táctica le aconsejaban colocar sus tropas en posición defendida, desde la cual, merced a la extraordinaria superioridad numérica, y a la habilidad indiscutible de algunos de sus tiradores, hubiera podido rendir a los defensores del fuerte, sin la abundosa pérdida de sangre y de vidas que esta infausta acción produjera a nuestras fuerzas. En este período de su vida militar despliega el Mayor extraordinaria actividad, como nos va a demostrar, en breve, el relato de sus marchas y hazañas, dignas de la fama. El 27 de marzo de 1871 sostiene dos combates contra gruesa columna española en "Lauretánea", resultando heridos el Teniente Coronel La Rosa, el Comandante Golding, tres oficiales y varios soldados; entre éstos hubo también algunos muertos. El parte dado por el General Fajardo, de la acción, decía: "A Capitán General, Habana. Príncipe 28 de febrero. En combate de ayer tropas de esta división en "Lauretánea", contra fuerzas insurrectas mando Agramonte, le causaron a éste muchas bajas y entre ellas muerto titulados teniente Coronel La Rosa, siendo herido titulado Comandante Golding y oficiales Delgado, Diago y Caballero, debiendo significar a Vuestra Excelencia buen comportamiento de toda la columna. Fajardo." En este año de 1871, el día seis de enero, tuvo lugar la horrenda catástrofe de la familia Mora y Mola, que tanta ignominia vertiera sobre el ejército español por la falta de condigno y ejemplar castigo para los infames asesinos, que, perteneciendo a sus filas, cometieron el desafuero vituperable y a los que tan fácil era descubrir. Cuéntase que el Coronel Chinchilla, a diario, prometía la punición; pero se dice que cuando Acosta y Albear se dirigió a Valmaseda, interesando el cumplimiento de la justicia, este jefe le contestó: "¿No querían Cuba Libre? Mostrarse riguroso con los soldados sería dar mucha importancia a esos bribones." Aunque resulta innegable la poderosa influencia de Agramonte, en el campo revolucionario, su sola presencia no podía impedir que continuaran, aunque disminuyendo a diario, las presentaciones, ni tampoco que se verificaran sorpresas, por el enemigo, de aquellas huestes, hasta entonces disgregadas: De ahí que a manos de los feroces guerrilleros Tisón y Montané perecieran en aquellos días dolorosos muchos jefes y oficiales de valer y hombres civiles de mérito indiscutible. Era la herencia, trágica y espantosa, del 70 que recogía, cubierto de sangre, el 71. Pero pronto veremos, mejor, ya hemos visto, al león recogiendo su cabellera y lanzándose a la lucha; por eso hemos calificado no más que de desastre táctico el fracaso del ataque a la Torre de Colón. En el orden de la ética militar y de la organización, constituyó valioso exponente de lo que había y magnífica promesa para lo futuro. En la batalla de Ceriñola hubo un momento crítico, en que las tropas de España vieron volar su parque de artillería. Ante aquel desastre cualquier jefe se hubiera considerado perdido; pero Gonzalo Fernández de Córdoba, colocándose a la altura de los grandes capitanes de todos los tiempos, recorrió a caballo la línea toda de sus tropas, señalando para las columnas de fuego que se elevaban al cielo, como negros agoreros de la derrota cercana, gritándole a sus hombres: "Mirad las luminarias de la victoria". Con estas frases, propias del genio de la guerra, electrizó a sus huestes y Ceriñola constituyó una joya más que engarzar a la. corona de triunfos de aquel gran general. El historiador de aquel período de nuestra Guerra Grande puede decir, sin temor a equivocarse, que la acción de Pinto, derrota cubana a principios del 71, son las luminarias de la victoria del Mayor, porque marcan la altura a que habían llegado otra vez las huestes mambisas y son, por ende, nuncio de las glorias que vamos a presenciar en breve. Por eso Agramonte, que sabia como sus fuerzas habían recuperado la perdida fuerza moral, cuando en aquellos meses le preguntaran sobre los recursos con que contaba para ganar la guerra respondió, con su frase que inmortalizara la historia, y que constituye una porción no más del acervo moral que ya guardaba en sus trojes: "Con la vergüenza." (2). El día nueve de mayo de 1871 se hallaba acampado el Mayor en la finca "La Caridad de Curana"; en esa fecha destinó al teniente Coronel Beauvilliers al mando de la artillería del Oeste; ese mismo día llega al campamento el general Julio Sanguily a cuyas órdenes pone el Mayor el segundo escuadrón y otras fuerzas; dispone que el comandante Mola salga a recoger hombres y caballos por "La Trinidad" y destina al Coronel Suárez al Este El día 28 del mismo mes y año, el "Diario de Campaña" del Mayor anota un combate, de poca importancia, en "Hato Nuevo", donde hicieron un prisionero. Nosotros estimamos que se trata de un error, pues la acción debe haberse librado en "Hato Potrero". Ese día habían llegado, de madrugada, a la finca "Trinidad Al Ranuza," donde almorzaron y recogieron bestias, combatieron luego en el citado lugar y se dirigieron a San Juan de Dios, en donde cogieron bestias nuevamente, continuando a "Santa Clara", "La Luna", y durmiendo en "La Sabana de Congo.' Al día siguiente continúa marchando la división de Agramonte y recogiendo caballos por Castillo, Alazán, Jagüey, Rineón, Mala Vista y Sabanilla donde pernoctó. Este mismo día el General Manuel de Quesada, dando prueba de su amor a Cuba, dirige, a la expedición de venezolanos que embarcaba hacia la Patria, la siguiente proclama: "He conseguido el amor de los pueblos del mundo para la infeliz Cuba. (3) Cuba será libre. El momento de nuestra independencia ha llegado." Los días 30 y 31 de mayo continuó marchando la división camagüeyana y el día 7 de junio se dá el combate de "La Entrada" mandando las fuerzas cubanas directamente el Mayor. En 24 de agosto el General Agramonte, como jefe de la di, visión, cursaba al Secretario de la guerra el siguiente despacho: "24 de agosto de 1871. División de Camagüey. El General Villamil me dice "que el capitán Andrés Piedra con el escuadrón desmontado de su mando se dirigía a las inmediaciones de Ciego de Asila, cuando supo el 11 de junio que el enemigo se hallaba en "Los Chorros", recogiendo ganado, y dirigiéndose a ese punto con objeto de batirlo, sólo vió que salían huyendo cobardemente al divisar nuestras fuerzas, sin que se les pudiera dar alcance: "que continuó su marcha sin fruto alguno hasta el 14 que supo que el enemigo estaba en "La Artemisa"; mandó a explorarlo y supo que eran 50 hombres. Dispuso la marcha para el citado lugar, llegando a las dos de la madrugada a los corrales de la finca. En dichos corrales se encontraba el 'enemigo que fué sorprendido bruscamente por una descarga de los nuestros, después cargaron al arma blanca; quedando en nuestro poder un rifle winchester y dos remington, gran número de hamacas, varias albardas y 15 muertós; pero las bajas que lleva el enemigo pasan de 30, a juzgar por los lamentos que se oían, no pudiendo hacer prisioneros por la oscuridad de la noche. Por nuestra parte tenemos que lamentar la muerte del alférez José Borella, que murió heroicamente, y heridos teniente Emilio Meneses, cabo Simón Quintero, soldados Pedro Vilahomar, Javier López, Emilio Jiménez, todos del escuadrón y dos soldados heridos de las fuerzas del C. José Gómez." El Coronel Agramonte dice: "El 14 del presente y habiendo oído tres tiros en el potrero "Guayabo" mandé explorar y supe que el enemigo se hallaba en la casa de dicha finca mancornando ganado. Inmediatamente mandé una sección del primero y otra' del segundo escuadrón de cazadores, desmontados, al mando del capitán Fidel Céspedes. Situados en el carril frente a la casa se esperó 'la salida del enemigo y después de dejarlo entrar en la embosca da se le rompió el fuego, cargando en seguida al machete; per el enemigo en número de 30 a 40 huyó vergonzosamente, sin disparar un tiro, abandonando el ganado, el convoy que llevaba las bestias, armas y hasta los machetes que tenían a la cintura. No puedo apreciar sus bajas; por nuestra parte no hubo novedad. Han sido cogidos en este encuentro once caballos ensillados, una carabina remington y una tercerola, todo del convoy de comestibles, calderos, ropa, hamacas, chaquetones, capas, machetes y otras menudencias, regresando nuestras fuerzas al campamento llenas de entusiasmo, después de haber quemado también los corrales que el enemigo había construido en la casa de "Guayabo". Lo que tengo el honor de poner en su conocimiento. reiterándole, C. Secretario, el testimonio de mi consideración y respeto. I. Agramonte Loynaz. Mayor General." El 30 de septiembre de 1871 ataca el general Agramonte el fuerte y poblado de "El Mulato" y el 3 de octubre libra la acción de "La Redonda"; cinco días después asombra a Cuba con el combate que de seguida vamos a relatar. Venimos diciendo que el año 1871 recogió, en sus primeros meses, el legad mortal que las controversias, el abatimiento y los errores del 7 le dejaron. Así, en su primer semestre, vemos a rebeldes prestigiosos declarando la impotencia de Cuba para hacerse libre y repugnando la presentación al enemigo; mientras otros sostienen la necesidad de la guerra y prefieren la muerte a la presentación. Entre ese tumulto de encontradas voces surge, como una clarinada de victoria, el nombre augusto del Mayor, ando ánimo y fe en el triunfo a los tenaces y ,aterrando a los versátiles o débiles. Agramonte es la antorcha a cuya luz viste Cuba sus avíos de guerra. Manuel Ramón Silva y Melchor Bernal Varona escribían en aquellos meses: "La situación está completamente definida y cumple al deber de los hombres de conciencia, verdaderos amantes del país, contribuir a la pacificación, para evitar mayores catástrofes, ya infructuosas. Son muchos los padres de familia que parten conmigo mañana, y muchísimos más los que seguirán después. Para salvarse es indispensable presentarse al gobierno español; y no te quede duda ni oigas disparates de ilusos e ignorantes; la revolución ha fenecido. Espera a José Eugenio y con él reúnete a tu padre, y preséntense cualquier i día, que ya yo he hablado por ustedes, y puedes estar seguro de que sus personas serán respetadas. Entrega la adjunta a tu papá, y guarda bajo escuadra el secreto de mi marcha hasta que Opas que estoy lejos del campamento insurrecto." En tanto Centeno Porro decía: "hemos hecho mal en apoyar a los que levantaron el estandarte de la rebelión, contra el gobierno legítimo de esta Isla, pero como comprenderás, muchos fuimos arrastrados, unos engañados como niños y otros obligados por la persuación de los pretendidos redentores de Cuba.... Espero hagas presente al gobernador de Puerto Príncipe, que el no presentarme con la mayor parte de las fuerzas de Caunao es porque hacía ya tiempo que me separaron del mando de éstas por sospechas de que trataba de conspirar.... Desde luego comprenderás que al dar yo este paso, gran número de mis antiguos soldados me seguirán de cerca, como asimismo la gente de la caballería que tenía al mando de Mendoza, quien tú sabes tiene muchas simpatías entre ellos. Espero hagas comprender al excelentísimo señor comandante general lo expuesto que es el seducir cierta clase de gente, pues Ignacio Agramonte tiene establecido tal espionaje, que nadie puede hacer nada sin correr un peligro inminentísimo . . . . También debo advertirle que me seguirán varios padres de familia." El Conde de Valmaseda publicaba las siguientes proclamas, que se estrellaron contra el mando del Camagüey en poder, desde enero de este año, de quien, en lo adelante, será el Páez invicto de las llanuras camagüeyanas: "Camagüeyanos: La resistencia armada que han opuesto las villas de Sancti Spíritus y Morón está terminada; sus habitantes se entregan con ardor a las labores del campo para evitar la miseria que tan de cerca os amenaza a vosotros si por un esfuerzo supremo no entráis pronto en la vida del arrepentimiento y del deber. Tened presente que el que os dirige esta alocución es vuestro antiguo gobernador, hoy capitán general, de la Isla de Cuba, el mismo que hace más de dos años os predijo la ruina de vuestro país y la de vuestras propiedades al ver la conducta que seguíais; el que enjugó las lágrimas de muchos desgraciados mientras fué vuestra autoridad local y tuvo siempre abiertas las puertas de su morada para haceros recta justicia. Al volver de nuevo entre vosotros y recorrer vuestras arruinadas propiedades, un sentimiento solo agita mi pensamiento, el de devolveros la paz en .el término más breve que me sea posible y para ello cuento con vuestro arrepentimiento. Si las malas pasiones que vuestros llamados jefes os han querido inculcar no están completamente arraigadas en vosotros, el perdón está abierto, para todos los que hayan peleado como SOLDADOS y los jefes del ejército os lo concederán al presentaros; pero si persistís en la idea de continuar haciendo el mal, las tropas que por todas partes os envío castigarán vuestra terquedad. Abandonad a esos jefes que se han erigido en dueños de vuestras vidas y hacienda; contribuid con vuestra conducta a su pronto y justo castigo, y apartaos de ellos para que su contacto no envenene por más tiempo la castidad de vuestras familias y la santidad de vuestro hogar. De vosotros depende el que en un término breve, renazca o no la paz y la confianza de este departamento. Ajustad vuestros deberes a lo que os enseña la religión de vuestros padres, y volved al respeto que os merecieron las autoridades legítimas; no tengáis un momento de vacilación para volver al buen camino, y tened entendido que, así como dicta el perdón para los arrepentidos, dicta también el castigo para, los culpables, vuestro capitán general. El Conde de Valmaseda. Habana 15 de junio de 1871." "CAMAGÜEYANOS: Las fuerzas que he juzgado necesarias para devolveros la paz, están entrando por todas partes en vuestro Departamento, y las órdenes que llevan quiero hacéroslas conocer para que ninguno de vosotros alegue ignorancia sobre la suerte que le está reservada. Tienen orden de no admitir a indulto a ningún individuo que forme o haya formado parte de la llamada Cámara, ni a los que han compuesto la Corte Marcial, ni tampoco a aquellos que fueron los trastornadores de la paz que antes disfrutábais, con sus doctrinas escritas habladas. Llevan instrucciones para perdonar a todos los que han peleado como SOLDADOS, siempre que se presenten arrepentidos y juren de nuevo su lealtad al gobierno de la nación. Admitirán a los jefes de partidas concediéndoles indulto de la Ida, siempre que se presenten con 60 hombres armados: me reservo el derecho de conceder a los jefes su permanencia en la isla o extrañar los al extranjero, según sus antecedentes en la revolución y antes de ella. Quedan exceptuados en este indulto los jefes que conocidamente han figurado como crueles con nuestros prisioneros, y aquéllos que por sus fechorías merecen el dictado d malhechores. Antes de recibir y conceder el indulto a los jefes de partida, los comandantes de las columnas lo consultarán a los señores brigadieres de quienes dependan, al comandante general del Departamento, o a mí si estuviere más cerca. Los desertores de nuestro ejército y los que, hechos prisioneros, hoy figuran en las filas rebeldes, serán perdonados de la última pena si presentan muertos o vivos a los que les están mandando; me reservo concederles mayor gracia ' si el servicio que prestasen fuese de mayor consideración. Los que dieren noticias de los campamentos enemigos, conduciendo nuestras tropas para sorprenderlos, serán gratificados. También lo serán con más largueza aquéllos que contribuyan a la captura de loe principales corifeos de la revolución. Habana, 15 de junio de 1871. El Capitán General de la Isla. El Conde de Valmaseda." Al mismo tiempo que Valmaseda llama a los rebeldes a la cordialidad, que implicaba la ergástula y la infamia, prepara su plan de campaña para exterminar a los que continuaban peleando. Al efecto, se organizan, con base de operaciones la capital de la provincia, varias columnas volantes, fuertes, de cerca de 500 hombres cada una, que emprenden recorrido por todo el territorio en pos de las partidas mambisas. El coronel Sabas Marín al mando de una de estas columnas compuesta, se el parte español, de doscientos veinte hombres de Pizarr , 72 de San Quintín, 13 caballos de la Reina y un pelotón de artillería, con una pieza de montaña, operaba en la primera semana de octubre por las inmediaciones de Jimaguayú y el día cinco asaltaba el campamento de Agramonte Porro, establecido en la finca "San Carlos de la Malograda". De labios del glorioso General Agüero, hemos oído el relato que de esta acción ofrece el historiador Juárez Cano, emocionándonos cuando refería, contrayéndose al Rescate: "Por mi lado, enfermo y casi baldado, pasaron al galope los caballos de Agramonte, cuando se dirigían al rescate de Julio." Sabido es que este acaeció tres días después. Pero oigamos a Juárez: "Cuando la vanguardia española llegó al campamento cubano, el Coronel Agramonte montó a caballo y corrió a la avanzada, compuesta de un pelotón de infantería, mandando que formaran en línea de combate para repeler la agresión del enemigo, envalentonado por la poca resistencia que había encontrado en días anteriores. El coronel personalmente dió la orden de fuego a los tiradores de la guardia, pero de la veintena de anticuados fusiles de chispa, a cargar por la boca, que manejaban, solamente salió un tiro, porque la pólvora que utilizaban para los mismos, de manufactura criolla, estaba mojada; entonces el coronel Agramonte, mandó a sus hombres a cargar al machete. La detonación del disparo, las voces de mando y los gritos de ¡Viva Cuba Libre! y al machete, que son pocos, detuvo a los asaltantes, sobrecogidos de pavor por la sorpresa, circunstancia que aprovechó la guardia para replegarse en buen orden por uno de los flancos, sin baja alguna, cubriendo a la vez la retirada del resto de la fuerza, entre la que se encontraban algunos enfermos, como el capitán Carlos Agüero García, hoy General". Hasta aquí el relato de Juárez. Los dos días siguientes continuó sus operaciones por aquellos lugares y el día ocho capturó, en la forma que vamos a ver, al heroico inválido. Pero es hora de que hablemos del campamento cubano. El 7 de octubre acampa Agramonte en el potrero Consuegra, con 70 hombres de caballería, después de incesantes y largas marchas por toda la región que habían durado un mes, según el testimonio de Manuel de la Cruz. Su ilustre subordinado, el general Julio Sanguily, que mandaba fuerzas de caballería, solicitó del Mayor autorización para marchar al cercano rancho de Cirila López, joven villareña, a la que también hemos entrevistado recientemente, que tenía una como enfermería, oasis de bendición en medio de la selva huraña, para que le lavaran y cosieran sus ropas, ensuciadas y deshechas, durante la bélica excursión. Al día siguiente, ocho de la mañana, sale del campamento el brigadier en dirección al apuntado lugar, al mismo tiempo que parte de la columna de Sabas Marín, al mando del capitán César Matos, cien hombres de Pizarro a caballo, se dirigía al propio punto. El rancho de la joven Cirila, hoy rendida por el peso de los años, estaba internado en el monte; y, como toda la guerrilla no entró en él, fué una sección exploradora de la Pequeña tropa la que reconociendo el monte cercano, y dirigida por dos presentados que conocían bien el lugar y sabían donde estaba el rancho, llegó al recoleto asilo, sorprendiendo a Sanguily, que acababa de bajar de su caballo. Había salido el general con un ayudante, su ordenaza Luciano Caballero y tres enfermos que enviaba el Mayor para encomendarlos a los cuidados y atenciones de la patricia. El capitán ayudante hablase quedado rezagado y tal vez a este golpe de la fortuna debamos apuntar en nuestro calendario heroico el hecho del rescate. Al llegar los españoles, los que rodean al general salen huyendo, pero Luciano, fiel a su deber, cual otro Eneas, ofrece las espaldas a su jefe inválido, para llevarlo al cercano bosque salvador. Sanguily, que huye ya sobre aquella improvisada cabalgadura, se agarra a la rama de un árbol de la que queda colgando y ordena a su asistente que se interne rápidamente en el bosque. Un sargento enemigo llega: ¡Mambí, date o te mato! El general, por toda respuesta, muestra su herida, profunda y abierta del tobillo. Minutos después ya saben los españoles a quien tienen prisionero y el comandante Matos ordena marchar inmediatamente a donde se halla el jefe de toda la columna, Sabas Marín, no sin antes enviarle parte urgente del afortunado sucedido y de mandar machetear a uno de los tres enfermos que cayó, por su desgracia, prisionero. El coronel Marín, a su vez, tan pronto recibe el parte dispone que el práctico Llinás de la columna, con una escolta, saliera rápidamente para Puerto Príncipe, a comunicar al Jefe del Departamento el fausto acontecido y aquí, en la capital, cuanto lo saben, se disponen a esperar al caudillo, mambí para infligirlele el martirio de la vejación y de la burla, antes de aplicarle el castigo reservado por España a los cubanos, que se alzaran frente a su tiranía. Veremos, en tanto, que ocurre en el campo insurrecto: no sabemos si fué el capitán Diago (4) o si el valiente Luciano quien llevó la noticia de la captura al Mayor; Collazo asegura que fué el primero: "Uno de los ayudantes del General, el Capitán Diago, escapa de la ranchería y llega al campamento del Mayor Agramonte que estaba a poca distancia, avisándole de lo ocurrido." Conocer el Mayor el desgraciado suceso y. disponerse a rescatar a Sanguily, todo fué uno; que él, como decían los lacedemonios, nunca preguntaba de los enemigos cuántos eran sino en qué lugar se encontraban. En el acto, escoge a treinticinco centauros, y parte, al galope, al encuentro del enemigo, disponiendo que el comandante Reeve marchara sobre el rastro y que tan pronto divisase a los contrarios, sin ser visto, viniese a incorporarse al centro (5) . Cuando se preparaban para salir, el capitán Palomino, ayudante del brigadier, se acerca al jefe y le dice: "Creo, Mayor, que se intenta empeñar acción para rescatar a mi jefe, si esto es así, ruego me señale sitio en el lugar más peligroso". "Así es en efecto, y ya esperaba yo esa actitud de los subalternos del brigadier; marche usted al lado del comandante Reeve". En tanto la guerrilla de Matos, de la que dice Ramón Roa que era de infantería, había llegado a la finca "La Esperanza", y hecho alto, cuando la avistó Reeve, quien informó al Mayor que los españoles, sudorosos y cansados, se arremolinaban a beber alrededor del pozo situado en el potrero. El general, a cuya tropa se había incorporado la vanguardia de Reeve, se hallaba oculto por una arboleda que sombreaba un recodo del camino, desde donde veía, a tres cordeles de distancia no más, a los soldados de Pizarro en la forma que queda descrita. Allí, a la vista del enemigo, Agramonte desenvaina su tajante acero y dice con voz potente: "Comandante Agüero, diga usted a sus soldados que su jefe, el brigadier Sanguily, está en poder de esos españoles, que es preciso rescatarlo vivo o muerto o perecer todos en la demanda." Y volviéndose a la izquierda, adonde tenía el corneta, grita a éste: "Corneta, toque usted a degüello". Al oir el agudo sonar del clarín cubano el impremeditado y sorprendido comandante Matos grita: "Guerrilla, pié a tierra, atrincherarse." En el acto los soldados que había a caballo descabalgaron, con rapidez, y comenzaron a hacer fuego sobre los jinetes cubanos, que avanzaban al galope de carga; pero aquella fuerza, sorprendida y aterrada, se desbandó al instante, huyendo del campo el mismo jefe, seguido de algunos guerrilleros. Grave error el de Matos, pues ningún oficial de caballería espera una carga, a corta distancia, en otra forma que montado para contracargar al enemigo, que si inferior en número, como en este caso, no sólo encuentra fuerte resistencia, sino que tratándose de caballería igualmente poderosa, queda invariablemente vencido. Así lo demostraron los jinetes de Agramonte, más de una vez, al ser sorprendidos por el enemigo. Palomino, que dió pruebas de extraordinaria acometividad y de valor heroico, rompió de los primeros la línea española; el brigadier Sanguily recibió a los cubanos dando vivas y el sargento Fernández, que le llevaba atado el caballo, quedó muerto en el campo, de donde se recogieron nueve armas de precisión; dos cajas de cápsulas, tres revólveres, dos espadas, un sable, una tienda de campaña, sesenta caballos y cuarenta monturas. Allí quedaron once cadáveres enemigos. Los cubanos tuvieron un rifiero muerto y un alférez y cinco individuos de tropa heridos. El coronel Marín esperaba ansioso la tropa de Matos para emprender la mucha hacia Puerto Príncipe, con su glorioso prisionero; tan pronto llegaron a Jimaguayú los primeros fugitivos, acudió a la finca "La Esperanza" donde vivaqueó y en la que se le incorporaron algunos dispersos de la vencida guerrilla. Ya los cubanos habían abandonado el campo de su homérica hazaña. La noticia del rescate causó decepción profunda entre los parciales de España en esta capital. El parte oficial cubano de esta acción es el siguiente: "En la mañana del 8 de octubre salió del campamento el brigadier Julio Sanguily, cayendo en poder del enemigo dos horas después. Este se componía de cien hombres montados del batallón de Pizarro, a las órdenes del comandante don César Matos. Una hora más tarde, al mediodía, se me presentó en el campamento uno de los hombres que había salido con el brigadier Sanguily, manifestándome lo ocurrido. Sólo con treinta y cinco jinetes bien montados podía contar en esos momentos, para darle alcance al enemigo, y no había tiempo que perder, para hacer esfuerzos desesperados en favor de un jefe distinguido y un buen compañero. Salí con ellos, logrando alcanzar al enemigo en la finca de Antonio Torres, cargué por la retaguardia al arma blanca, y a la invocación del nombre y a la salvación del brigadier prisionero, los nuestros, sin vacilar ante el número ni ante la perspectiva del enemigo, se arrojaron impetuosamente sobre él, le derrotaron y recuperamos al brigadier Sanguily, herido en un brazo, y cinco prisioneros más, que llevaba, y habían recogido en nuestros campos. Nuestra persecución le siguió a larga distancia, hasta dispersarle por completo. Tuvimos un riflero de mi escolta muerto, y heridos el alférez Manuel Arango Tan y cinco individuos más de tropa. El enemigo dejó sobre el campo once cadáveres, entre ellos un teniente, según confesión de los prisioneros, nueve armas de precisión, dos cajas de cápsulas, tres revólveres, dos espadas, un sable, una tienda de campaña, sesenta caballos, cuarenta monturas y todo el bagaje. El brigadier Sanguily, todavía entre el enemigo, con el valor que le distingue, nos recibió con vítores a Cuba." El parte español dice como sigue: "Comandancia General del Departamento del Centro. Según parte personal que me dá el Sr. Coronel don Babas Marín, llegado hoy a esta plaza, ha practicado las operaciones siguientes, con la columna compuesta de 220 hombres de Pizarro, 72 de San Quintín, una pieza de artillería y 13 caballos de la Reina. El día 19 del actual salió de "Jimaguayú" sobre "Guanausí". El 2 encontró la partida de Manuel Agramonte en "Santa Lucía". que la fué batiendo hasta que la dispersó por completo en "Guano Alto",. quemándoles los bohíos, así como los que tenían en "Consuegra". El 5 se le cogió el rastro al enemigo y se le batió en "San Carlos", cogiéndose 18 caballos, varias armas de fuego y papeles correspondientes a las partidas de Eduardo Agramonte y Fidel Céspedes, lo que prueba que la partida batida era la de Eduardo Agramonte. El 7 cayó la columna sobre Yamaqueyes. En "Ojitos de Agua de Yamaqueyes" encontraron un gran campamento abandonado y rastros frescos de partidas insurrectas. El 8 dispuso que la guerrilla reconociera los montes de "Matehuelo", mientras que la infantería reconocía otros por otro lado y venía a buscar raciones a "Jimaguayú". El sargento Mont, con diez guerrilleros de Pizarro, dió con el bohío en que estaba el cabecilla Sanguily y, al hacerlo prisionero, dió muerte a uno de los cuatro negros que se lo llevaban. El sargento y los guerrilleros con Sanguily y un negro que pasaba por oficial se Incorporaron a los sesenta hombres de la guerrilla y, una legua antes de reunirse ésta con la columna, fué rodeada por partidas insurrectas de Sanguily e Ignacio Agramonte. La guerrilla se defendió con valor, pero tuvo que entrar en el monte. El sargento aprehensor de Sanguily, viéndose rodeado por un grupo de insurrectos, derribó al primero del caballo y le disparó a quema-ropa rompiéndole una muñeca y atravesándole el pecho. El cabo Andrés Camacho dió muerte al otro prisionero que llevaba y murió heroicamente defendiéndose contra un gran número que lo rodeaba. El coronel Marín, que tuvo noticias de lo que pasaba a la guerrilla, con la infantería que tenía a sus órdenes voló al encuentro, tardando sólo media hora en recorrer una legua. Distribuyó sus fuerzas por los montes, persiguiendo a los que huían y apoyando a la guerrilla que seguía todavía batiéndose, no logrando ya dar alcance al enemigo, ni descubrir rastros marcados. Reunida toda la fuerza regresó el 9 a Jimaguayú. El resultado de las operaciones ha sido causar al enemigo 25 muertos, sin contar con el titulado brigadier Sanguily. No fué posible saber el número de heridos. Se cogieron 10 armas de fuego, algunas de remington, peabody y spencer, varias bolsas de municiones, muchos caballos, que algunos murieron o se dispersaron en el último encuentro. Se destruyó un taller de talabartería con lo que contenía. Se presentaron a la columna 79 personas. Por nuestra parte 6 muertos y 5 heridos. Lo que de orden del Sr. Comandante General se publica para conocimiento. Puerto Principe, octubre 11 de 1871. El General Jefe del E. M. Luis de Cubas." La anterior acción de guerra tiene como causa, un deficiente informe rendido por el servicio de exploración cubano, al comunicar el día ocho por la mañana, que la columna de Marín había acampado en Jimaguayú; y no observar a los jinetes de Pizarro, que andaban por Matehuelo. Prevalido de ese informe omiso el Mayor autorizó a Sanguily para abandonar el campamento. El combate, modelo de cargas de caballería, ofrece las siguientes enseñanzas y prueba la capacidad del jefe cubano, como táctico y organizador; primera, demuestra el valor de una carga de caballería cuando se reunen los elementos del ímpetu y la cohesión; segunda, la importancia de la sorpresa en estos episodios de la guerra; tercera, el error dé resistir caballería desmontada, a corta distancia, y con las armas de la época, una carga de caballería y cuarta, reveló a los cubanos el alto grado de .eficiencia que había alcanzado su caballería. Como resultado, en primer lugar, hizo variar fundamentalmente la estrategia española que, en lo adelante, organizó columnas fuertes ante el temor de ser destrozadas las pequeñas por el machete mambí; y en segundo lugar, levantó la moral del ejército cubano, porque acreditó cumplidamente el alto grado de su poder ofensivo. Así Ramón Roa, decía: "El rescate de Sanguily si no salvó, por lo menos alivió efectivamente en aquella época, la difícil situación, no ya del Camagüey, que era poco menos que desesperada, sino de la Revolución en su conjunto, puesto que trastornó los planes del enemigo, poniéndole en cuidado, y produjo una reacción en el elemento cubano, que se retorcía en las poblaciones y zonas militares enemigas; porque, a favor de estos chispazos de victoria sintió redivivo su espíritu patriótico." El 24 de febrero de 1925, los supervivientes de este glorioso episodio, Elpidio Loret de Mola y Boza, Aniceto Recio Pedroso, Eugenio Barceló y José Antonio Remigio Avilés, fueron objeto de patriótico homenaje y recibieron a las cuatro de la tarde, en el parque de Agramonte, frente a la estatua de este glorioso prócer, una medalla y diploma cada uno, en recuerdo de la hazaña inmortal. Como en todo hecho histórico, hay diversas opiniones acerca del número de jinetes que tomaron parte en la acción, así como en los nombres de los héroes. Insertaremos la lista que estimamos más adecuada a la verdad: Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Coronel Antonio Luaces Iraola. Teniente Coronel Emilio L. Luaces Iraola. Comandante Enrique Mola Boza. Comandante Manuel Emiliano Agüero. Capitán Andrés Díaz. Capitán Henry E. Reeve. Capitán Francisco Palomino Mora. Capitán Manuel de la Cruz Delgado. Capitán Federico Diago. Capitán José Urioste. Teniente Elpidio Mola. Teniente Antonio Arango Tan. Teniente Fructuoso Lanieta. Teniente Ignacio Fernández. Alférez Manuel Mango Tan. Sargento Primero Ramón Bueno. Sargento Segundo Benjamín Estrada. Cabo Regino Avilés Marín. Cabo Diego Borrero. Cabo Francisco Montejo. Soldado Gabino Quesada. Soldado Victoriano Sánchez. Soldado Angel Bueno. Soldado Andrés Camacho Baryola. Soldados: Ramón Agüero, Antonio Abad, Plutarco Estrada. Eugenio Barceló, Aniceto Recio Pedroso. Lorenzo Varona. Mario Zunzunegui. Mateo Varona. Pedro Betancourt. Carlos Martell (6) y Eusebio Montejo. Termina este año el Mayor con las siguientes acciones: en 31 de octubre, "El Plátano"; en 2 de noviembre "La Horqueta", en 19 "San Ramón de Pacheco" y "La Matilde", en 27 "Sitio Potrero" y en 28 "El Edén". Ya en esta época la incomparable acción, cuyo relato acabamos de verificar, que prestigia los anales de nuestra caballería, revelaba el grado de eficiencia a que aquella arma había llegado, en pocos meses, en las diestras manos del Mayor, de cuyos soldados pudo decir Collazo, años después, lo siguiente: "Con una pequeña fuerza de caballería había entrado el Mayor en la zona de Camagüey, dispersando en las primeras horas de la mañana un grupo de quince a veinte civiles, que encontró al paso. Noticioso el jefe enemigo, teniente coronel Abril, sale en su persecución con civiles y fuerzas de caballería. Al avistarse ambas fuerzas los españoles cargan con briol emprendiendo los cubanos la retirada, tiroteando al contrario que enardecido en la persecución pierde su cohesión. En ese momento manda Agramonte volver grupas y cargar, iniciando el movimiento su ayudante Villegas; los hasta entonces fugitivos. cargan al contrario que se desconcierta y vuelve grupas, al primer choque, y los primeros fugitivos van desconcertando a los que encuentran a su paso, y haciendo cundir el pánico en sus filas, asombrados de aquel cambio, tan rápido como inesperado. En desorden espantoso huye la tropa, buscando en Puerto Príncipe puerto de amparo; mientras que en el camino dejan informe montón en que, agrupados por el azar, yacen casi todos sus jefes y oficiales, como pirámide que simbolizara a sus contrarios su decisión heroica y como pueden salvar los jefes el honor militar de su fuerza. Este combate muestra claramente el ascendiente inmenso que sobre sus soldados ejercía el Mayor y el buen espíritu creado en el naciente cuerpo por él resucitado." (7) . Veamos la acción del 2 de noviembre: fuerzas cubanas al mando del general Agramonte sorprenden a un destacamento español de catorce guerrilleros, recogiendo ganado en el demolido ingenio "La Horqueta", a siete leguas de esta ciudad. Los referidos se refugiaron incontinenti en la casa de dicha finca donde había un retén. Parapetados tras los muros de la improvisada fortaleza se entabló un intenso tiroteo, entre las dos fuerzas, llegando a perder los guerrilleros hasta la mitad de sus hombres; pero, ya al agotárseles las municiones, hizo su aparición en el palenque un alférez de Chiclana, con cuarenta hombres, que a su puesto, situado a legua y media de distancia, había ido a buscar el oficial que mandaba a los voluntarios, acudiendo en auxilio de los sitiados. La llegada de esta nueva fuerza evitó el copo, retirándose los cubanos con tres muertos y dos heridos. Las bajas españolas consistieron en dos muertos, siete heridos y cinco contusos, de los guerrilleros, y cuatro muertos y tres heridos de los hombres de Chiclana. El parte oficial, rendido por España, de esta acción, es el siguiente: "Comandancia General del Departamento del Centro. E. M. Orden general del 6 de noviembre de 1871, en Puerto Príncipe. Hallándose el día 2 del actual en la finca la "Horqueta" cogíendo ganado el alférez de caballería, voluntarios de Puerto Príncipe, D. Facundo Gutiérrez y Castillo con 35 hombres de dicho escuadrón y del batallón de voluntarios, dejó en la casa de la finca 18 hombres dedicados al cuidado de las reses recogidas, mientras él con el resto de la fuerza se dirigió a una legua de distancia a hacer corrales. "Cuando los de la casa quedaron sólos, fueron atacados por la partida de Ignacio Agramonte. Oído el fuego por Gutiérrez, marchó a buscar auxilio al destacamento de Chiclana de la Caridad de Arteaga. Mientras éste llegó, los voluntarios de la casa se defendieron tenazmente, y sin embargo de ver muertos 3 de sus compañeros y 6 heridos y que los insurrectos habían prendido fuego a la casa por los cuatro costados, se resistían a entregarse a pesar de que ofrecían perdonarles la vida. En esta situación apurada, llegaron cuarenta hombres de Chiclana con el alférez D. Luis García y voluntarios que acompañaban a Gutiérrez. Esta fuerza atacó al enemigo de frente y de flanco, poniéndoles en completa dispersión. Reunidos a los que defendían la casa, regresaron a "La Caridad". "La sencilla relación de los hechos es el mejor elogio del bizarro comportamiento de los voluntarios que tomaron parte en este combate y de la fuerza de Chiclana que llegó a su auxilio" Según cuenta Eugenio Betancourt, en estos días batía Agramonte a la guerrilla del Rayo y peleaba con la primera columna de la Reina. El 17 de noviembre vencía al capitán Setien, en San Ramón de Pacheco, acción que dice Ubieta se libró el día 19. Aquí empleó el Mayor la conocida táctica de Viriato, amagando con exploradores que atrajeran el grueso enemigo al lugar en donde emboscada esperaba la caballería mambisa, que macheteó despiadadamente a la guerrilla española, pereciendo su jefe. Ese mismo día se daba la acción de "La Matilde", lugar en el cual peleó con los oficiales Vergel el 19 y Pocurull, el 22, a quien esperó, perfectamente protegido por un barranco, desde el que causó considerables bajas al enemigo, retirándose cuando se le hubieron agotado las municiones. Este coronel Pocurull asaltó el 26 de noviembre, de aquel año, el campamento de Sebastopol de Najasa donde fué gravemente herido Rafael Morales y González quien decía, refiriéndose al Calvario que, en tal estado, dispuso el destino recorriera, lo siguiente: "Me custodiaba una buena escolta camagüeyana , lo que debo a la solicitud de mi queridísimo Ignacio Agramonte, el hombre superior de esta guerra". El parte oficial español de estos combates reza así: "El coronel Pocurull, desde Juan Gómez, fecha 23 de noviembre próximo pasado, participa al excelentísimo señor brigadier comandante general, que después de la batida que el 21 dió en la Matilde, a la partida de Ignacio Agramonte, reconoció los montes de la Yaya, San Agustín, Santa Marta, Juico y fincas inmediatas, se dirigó luego a Loma Alta y Verraco Gordo, dónde la vanguardia hizo dos muertos, encontrando más adelante dos campamentos recién abandonados que destruyó, y un rancho con un individuo gravemente enfermo que, según dijo una negra, cogida, procedía de la expedición del vapor "Virginius", quien falleció pocos momentos después. En los reconocimientos que se hicieron en aquellas inmediaciones dió muerte a dos exploradores, uno blanco y otro de color, cogiéndoles dos armas de fuego. Recogieron en aquel punto 17 personas, entre mujeres y niños. A las 3 de la madrugada del 24 se dirigió a dos leguas de San José del Chorrillo a destruir una gran estancia de donde se proveían de viandas los insurrectos, dando muerte a dos exploradores de una pequeña partida que, según unas mujeres que encontraron en el campo, no se ocupaban de otra cosa que de robar hasta los trapos con que las familias abrigaban a las criaturas de pecho. El 26 se dirigió a la finca de Sebastopol en que la avanzada de una partida, que no supo cuál era, hizo fuego sin causar daño, cayendo en seguida sobre el campamento que encontró abandonado, con la comida puesta a la lumbre, 20 caballos y 2 mulos cargados con provisiones. Siguió la pista, y los encontró en el fondo del potrero de "San José de Najasa", poniéndoles en completa fuga, dejando en el campo 4 muertos, 5 armas de fuego spencer y remington, 12 caballos y 2 mulos cargados con enseres de cocina. El 27 se dirigió a San Tadeo y Damagal para ver si daba con la partida del nombrado "Jiguaní", recogíendo varias jóvenes y niños. Hecho un escrupuloso reconocimiento se dirigió al "Horcón", sin encontrar rastro de partida. El 28 marchó a Juan Gómez, y en los montes camino del "Plátano" sorprendió una avanzada de una partida de 60 u 80 hombres, que atacó y dispersó causándoles 6 muertos, llegando a Juan Gómez, sin que el enemigo haya hecho a la columna baja alguna. El resultado total de esta expedición ha sido causar 22 muertos al enemigo, coger 12 armas buenas de fuego; 19 blancas, 32 caballos, 9 mulos cargados, destruir 3 campamentos, una grande estancia, 13 ranchos y recoger 27 personas; teniendo por nuestra parte únicamente 7 caballos muertos y heridos. Lo que de orden del excelentísimo señor comandante general se publica para conocimiento. Puerto Príncipe 3 de diciembre de 1871. El coronel jefe de Estado Mayor. Luis de Cubas". Ya el periódico "El Fanal", de Puerto Príncipe, en su edición de 15 de noviembre de aquel año, cuyo ejemplar obra en el Museo Provincial de Camagüey, decía, refiriéndose a las operarionés de Pocurull lo siguiente: "Comandancia General del Departamento del Centro. Estado Mayor. El Coronel Juan Pocurull Jefe de la columna de Juan Gómez compuesta del Primero de La Reina, da cuenta desde el potrero Santa Marta, fecha diez del actual, al excelentísimo señor Comandante General de la operación practicada sobre aquél punto en la forma siguiente: "Serían las dos de la tarde del mismo día diez cuando fueron descubiertas en los montes de Santa Marta, inmediatos a la finca de este nombre, partidas insurrectas, en los momentos en que se disponían a matar las reses que tenían amarradas. Acometidos instantáneamente y sin más tiempo que para hacer dos o tres descargas, pues ya la avanzada había disparado, corrieron a posesionarse de la parte opuesta del río, que está a corta distancia, pero tan desconcertados debieron quedar al tenderles cinco hombres en el acto que, débilmente sostenido el fuego, fueron desalojados a la bayoneta, poniéndolos en completa dispersión y abandonando en su huida los heridos. El enemigo dejó seis muertos y el titulado oficial Delgado, que falleció a las pocas horas de ser cogido. Momentos antes de expirar, y preguntado que fué, expresó que era Ignacio Agramonte, con trescientos hombres. Por nuestra parte un soldado muerto y un contuso. Puerto Príncipe, 14 de noviembre de 1871. El Coronel Jefe de Estado Mayor Luis de Cubas." * * "Al lado o a las órdenes de Ignacio Agramonte había un grupo de hombres, sin desencanto ni cansancio, vírgenes entonces de ese intenso malestar que vino luego, libres de ese escepticismo profundo, ante el cual se marchitó toda esperanza y que a ellos mismos tan nobles, tan resueltos, tan heroicos los convirtió de compañeros sufridos y alegres de Agramonte, de auxiliares suyos diligentes y esforzados en haz disuelto de gente experimentada ya, demasiado gastada, marchita, falta de fe y aliento que llegaron a contemplar, sin conmoverse, el desastre, que luego lo creyeron indefectible y a la postre llegaron a ser pasivos espectadores de la derrota final, agentes impasibles de la anulación y la ruina". Así contesta Sanguily la pregunta que, a si mismo se hace sobre lo que permitió a Ignacio Agramonte salvar la revolución en el Camagüey, en 1871. Efectivamente, ardor propio de la juventud, fe profunda en el triunfo de su ideal y nobleza, resolución y valor en las legiones camagüeyanas permitieron al Mayor la formación de aquel ejército que, como Filipo a Alejandro, legara, a su muerte, al General Gómez, no sin antes haber conquistado sobre el campo, estremecido por el galope de guerra de su caballería, los gloriosos e inmarcesibles lauros que coronan, para la eternidad, su frente de elegido. "Las hazañas que acabamos de relatar, acaecidas a fines de 1871, demuestran al ejército español el temple de la caballería camagüeyana y le obligan, como hemos visto, a modificar su estrategia. Veamos que ocurre en este año de 1872, cuya historia vamos a describir, no sin antes conceder la palabra al historiador Leopoldo Barrios, quien en su trabajo intitulado "Algunas consideraciones sobre la Historia de la Guerra de Cuba", dice: "En el centro el talento organizador de Ignacio Agramonte, quizá el único hombre de verdadero valor que había surgido, llegó a conseguir y mantener hasta 800 hombres, amén de otras partidas." En el mes de enero de 1872 combatieron las fuerzas del Mayor con Sabas Marín en Palmarito y en las extensas sabanas que hay cerca del Río Muñoz, por el paso de Casa Vieja. Confiesan los españoles que aunque los enemigos no llevaron la mejor parte, en estas acciones, "no cejaban en oponer diaria resistencia en las posiciones que escogían, las cuales por su naturaleza se prestaban a fácil y empeñada resistencia." Durante estas operaciones asaltó Sabas Marín el Hospital ambulante que dirigía el Doctor Emilio Luaces, quien tenía a su cargo al General Julio Sanguily, herido en la acción del Rescate, á Manuel Arango, también herido allí, a Rafael Morales y González, herido en Sebastopol y a Baldomero Rodríguez, el Aquiles de Palo Seco, con otros enfermos. Tanto el Comandante Luaces como Moralitos, Baldomero Rodríguez, Sanguily y otros enfermos lograron escapar, no así Arango que, por un verdadero milagro, no fué muerto por los soldados de Pocurull, y, prisionero en Camagüey, logró escapar, incorporándose más tarde a sus hermanos de lucha. Durante el mes de febrero, de este año, combate el Mayor los días 3, 5, 11 y 22 en "Palmarito de Curana", "El Destino", "Casa Vieja" y "San Borges", habiendo estado realizando constantes marchas por toda la región. El 8 de marzo de 1872, libra el Mayor la infausta acción de "San José del Chorrillo", en la que perdió al coronel de sus rifleros, Eduardo Agramonte, el compañero de muchos años y el hermano de su Amalia, pues el coronel era casado con Matilde Simoni. Hagamos el relato de este hecho de guerra. En el período crítico de la revolución en Camagüey, Eduardo, que era Ministro del Interior, comprendiendo que el Mayor necesitaba de sus servicios, renunció su cartera y con el cargo de coronel vino a ponerse a las órdenes de su primo. El día citado, yendo en marcha Agramonte, con su Estado Mayor y 40 rifleros de la brigada que mandaba Eduardo, es informado por sus exploradores que una columna enemiga se hallaba acampada en la finca "San José del Chorrillo". Acto seguido el general se decide a batirla y ordena al coronel que embosque sus rifleros, a lo largo de una cerca, paralela al camino, por donde él debía retirarse. Hecho lo cual avanza en dirección a la posición enemiga, desde la cual se le hizo fuego; y una vez que la caballería contraria cargó puso sus tropas en retirada. Este era el momento que el jefe de la brigada sur esperaba, emboscado, para fusilar al enemigo; por lo que rompió inmediatamente fuego contra aquél, , que hizo alto en su carga y entabló un duelo de fusilería en tanto lanzaba un flanco de infantería sobre la posición cubana. El Mayor, viendo la maniobra enemiga, ordena la retirada nuestra, que se verifica en perfecto orden; pero el arrojo de un comandante, deteniéndose más de lo necesario, sobre el terreno, permitió a los contrarios herirle, por lo que el coronel Agramonte con el capitán Miranda retrocedieron para llevarlo cargado. Herido Miranda, el coronel no quiere huir, teniendo el enemigo a diez pasos y recibe en medio del pecho, como dijera Ubieta, el sello de los héroes; un balazo que le privó de la vida. Este fué el final desgraciado de la acción de San José en que empleara el Mayor su táctica acostumbrada. La brigada Sur, con la muerte de Agramonte, había perdido a su creador y los soldados de su regimiento dedicáronle a él, que tantas piezas militares compuso, una canción, de cuya letra fué autor el coronel Ramón Roa y de cuya música Silvestre Montejo; a sus sones atacaron los mambises la plaza de Puerto Padre. * * El día 10 de mayo de 1872 el Gobierno de la República nombra al Mayor Comandante en Jefe del Distrito de las Villas, con lo que extiende su jurisdicción a dos provincias; el segundo jefe de las Villas lo era el general Villamil. El Presidente Céspedes dirigía la siguiente carta, con la misma fecha, al coronel González Guerra: "Número 86. Corojo de Caoba, mayo 10 de 1872.—C. Coronel José González Guerra. Mi estimado amigo: Cuento con que al recibo de ésta se hallará usted ya en buena salud y listo para partir con el resto de las fuerzas de las Villas, a fin de penetrar en este Estado inmediatamente, conforme a las órdenes expedidas por este Gobierno, las que llevan por objeto favorecer a Carlos García, que parece ha desembarcado y opera entre Guanajay y San Antonio. "El general Agramonte, que tanto se está distinguiendo en Camagüey, ha sido nombrado para el mando superior del Estado de las Villas, sin dejar el de Camagüey. El general Villamil es su segundo. "El brigadier Peña no se presentó; fué aprehendido y fusilado. "Sin otro particular, me repito su afectísimo amigo y hermano. Carlos M. de Céspedes." * * El día 8 de junio de 1872 el Gobierno de la República depuso al General en Jefe de Oriente, Máximo Gómez. El hecho fué altamente lamentable para la causa de la guerra, porque este glorioso adalid había alcanzado éxitos señalados al frente de sus fuerzas, para las que constituía un verdadero ídolo el hombre que las condujo a la victoria en "Pinos de Baire", "Sainó.", "Bijarú", "Ti Arriba", "Cafetal Indiana" y en la invasión de Guantánamo; el hombre que les había enseñado cuál era el arma predilecta de la victoria, en el célebre macheteo de "Baire". Pero el general Gómez, por lo altivo de su carácter, llegó a desconocer la autoridad del jefe de la Revolución; del Presidente de la República, Carlos Manuel de Céspedes. Con anterioridad, ya se había negado a facilitar medios de embarque a varios individuos que, con orden del Ejecutivo, iban a salir al extranjero y en ocasión de manifestarle el Secretario de la Guerra los propósitos del gobierno, de pasar al exterior, para desde allí dirigir la Revolución, desaprobó la idea, de manera un tanto brusca, diciendo: "Aquí muere Sansón con todos los filisteos". En este día de junio, el Presidente había pedido asistentes para sus ayudantes y secretarios, obteniendo del general la respuesta de que él también carecía de éllos y que los buscase el Ejecutivo si los necesitaba. Céspedes, dictó inmediatamente una orden general, que leyó a la fuerza, por la que deponía a Gómez y nombraba, interinamente, para el mando al coronel Maceo. Dice Collazo que como Maceo titubease, o se excusase, el Presidente airado le dijo: "Vaya usted a cumplir inmediatamente la orden o yo sabré hacerla cumplimentar." Esta actitud del caudillo bayamés, restableciendo el principio de autoridad y manteniendo los fueros de la Constitución y la Ley, constituye el exponente más auténtico de las excepcionales condiciones que exornaban a aquel hombre para el cargo de Presidente de la República, cargo que tantos homúnculos han desempeñado después, para vilipendio de la Patria, ludibrio de las instituciones democráticas y grave quebranto de esa ley de gravedad del mundo espiritual: la libertad. El General Gómez, entregado el mando, se presentó al Presidente de la República, con el sombrero en la mano, saludó militarmente, le manifestó que su orden estaba cumplida, y se retiró, con una pequeña escolta. Ese fué el momento más grande en la vida del insigne hijo de la gentil Quisqueya. Cuando, el treinta de mayo del año siguiente, fué llamado para el servicio, dícese que al encontrarse con Carlos Manuel éste lo abrazó conmovido, contestándole el ilustre dominicano de todos los tiempos: "Aquí tiene otra vez a su viejo soldado". Entonces se le dió orden de hacerse cargo del Departamento de Bayamo y las Tunas y que, caso de confirmarse la muerte del Mayor, pasara a Camagüey a ocupar este mando. Hablando de este doloroso incidente, dice el general Gómez, que los intrigantes de siempre habían hecho creer a Céspedes en un plan tramado por el propio Gómez, para colocar en la Presidencia al Mayor (8). Pero oigamos párrafos de la carta que en junio de 1893 dirigiera a Don Tomás Estrada Palma: "¿Podrá creerse, dada mi conducta humilde, en aquellos días aciagos, de amarguras y sinsabores, y de las muestras ostensibles que tengo dadas, entre los que me conocen, del espíritu de disciplina, a pesar de mi carácter violento, que predomina en mí; que fuese yo capaz de darle al Presidente la contestación. que Collazo pone en mis labios, y la cual presupone como causa para mi deposición? La cosa pasó así. Hombres intrigantes y miedosos unos, y desafectos a mí, quién sabe. por qué, otros, pusieron en el ánimo de Céspedes la duda, o la creencia, mejor dicho, que el movimiento que yo iniciaba (tan estupendo lo consideraban), llevaba en sí miras o tendencias ambiciosas, de mala índole, que podían llevar las cosas a peor. terreno, puesto que en el plan solicitaba darme las. manos con Agramonte (su desafecto .personal), que una vez unido con aquél y con un cuerpo de ejército triunfante, claro está que seria proclamado jefe militar de la revolución, con cuanta más razón, cuando contábamos con lo más. selecto. del elemento militar y con algunos miembros de la cámara, amigos y admiradores del general Agramonte. Hay que convenir en que la invectiva se prestaba a crédito, máxime cuando yo, sin que jamás cruzara por mi mente semejante pensamiento de ayudar a procedimientos de esa índole, hablaba con cándida franqueza de la candidatura del general Agramonte como el futuro gobernante de Cuba Libre. He aquí la causa secreta de mi deposición." El Presidente ilustre, por su parte, explica su actitud en la siguiente carta: "Ciudadano Ramón Sánchez Betancourt. El Gobierno, que se ha querido reducir casi a la impotencia, a pesar de su buen deseo, tropieza con tantos obstáculos, se halla erizado de tantos escollos su camino, se le presentan tantas dificultades para las cosas, que no puede hacer todo lo que quisiera; sin embargo, trabajando poco a poco, pero incesantemente, logrará salir adelante. Efecto de ésto el que últimamente haya tenido que tomar' una medida que le ha sido muy sensible, porque es el primero en reconocer las dotes militares del general Máximo Gómez. Efecto de especialidad de carácter, de malos consejos, de falta de apreciaciones o de miras de otra naturaleza, es lo cierto que hacía tiempo se venían observando en el general tendencias a sustituir su voluntad y acción a las del Gobierno; éste toleró con paciencia faltas y abusos, hasta que últimamente algunos actos de notoria y pública desobediencia hicieron necesaria su separación. El Gobierno espera que este castigo obrará de tal modo en su ánimo que puedan volverse a utilizar en breve sus servicios militares"... . El 29 de junio de 1872 se movía desde Jimaguayú a Santa Ana de Guanausí la columna mandada por el Capitán Feliú, compuesta de doscientos hombres, cuando se vió atacada rápidamente por fuerzas de infantería y caballería mandadas por el Mayor, que le destrozaron la vanguardia, lo que testifica el mismo parte español, cuando dice: "Agramonte tuvo la suerte de que la vanguardia española, mandada por el teniente Corbeira, no le contuviera, como pudo hacerlo, el cual con algunos soldados llegó solo al campamento. El resto de la columna acudió inmediatamente a proteger los enfermos y acémilas que quedaban." Lo que dice, .en buena lógica, que ante la embestida cubana centro y retaguardia se concentraron dejando abandonada, a su suerte, a la fuerza de vanguardia. El 21 de julio de 1872 Agramonte escribía a su mujer, "Ya sé que algunas veces te alarmarán con sus falsedades; pero no debes creerlas", se refería a los periódicos españoles, que desde luego publicaban victorias de su parte. Y continúa el Mayor, "Desde San Ramón uso una espada que quitamos a los valientes de Pizarro en el rescate de Julio Sanguily. En cuanto a sus balas, me han muerto y herido caballos, me atravesaron una vez la manga de la chamarreta y otra me hicieron una pequeña contusión en una pierna, pero hasta ahora ni una sola herida". Esto era a los cuatro años de guerra y cuando aquel campeón de nuestra milicia había entrado infinidad de veces en combate. Pero dos días después, en el combate del Salado, recibía, como un aviso de la Providencia, un balazo que le atravesó ambos omoplatos. El día 23 de julio de aquel año recorría ,el Mayor, con su escolta y una pequeña fuerza de caballería, la jurisdicción de Guáimaro, cuando tuvo conocimiento de que un fuerte destacamento español, compuesto de cerca de cien hombres, mitad voluntarios de Guáimaro y mitad tropa de línea, había salido con propósito de recoger ganado en la finca "El Salado", próxima a las ' "Minas de Juan Rodríguez", donde ya habían peleado cubanos y españoles, por rara coincidencia del destino, a las órdenes de generales extranjeros; un americano, mandando a los cubanos y un negro dominicano, a los españoles. El combate, breve y al arma blanca, terminó con la destrucción total de la fuerza española, cayendo herido y prisionero su jefe el teniente Don Luis González y Estévez, a quien el Mayor envió con una escolta al poblado de Cascorro, impidiendo que sus subordinados, enfervorizados al verle herido, y en represalia con lo que España hacía, dieran muerte al jefe contrario. Algunos guerrilleros escaparon a la macheteada y lograron refugiarse en los vecinos pueblos de Guáimaro, Cascorro y Sibanicú, merced a la ligereza de sus caballos y al conocimiento que aquellos mercenarios tenían del terreno donde operaban. El botín de guerra fué cuantioso, a tal extremo que parte del material ocupado, en este combate, fué remitido al gobierno de la República, para dotar a otras unidades, después de haberse equipado suficientemente las fuerzas del Mayor. * * Al día siguiente, por la tarde, entraba en Cascorro la "Compañía Volante de Voluntarios Movilizados de Matanzas", integrada por elementos extraídos de la escoria social, compuesta de cerca de doscientos hombres y mandada por un capitán, natural de Santo Domingo, que había militado allí, en la reserva, de donde nos vinieran Máximo Gómez, Luis Marcano y Modesto Díaz. Esta tropa operaba de ordinario como fuerza independiente y sus integrantes al par que saciaban, en toda vandálica excursión, su abominable sed de sangre, satisfacían sus insaciables apetitos de codicia cargando con cuanta cosa de valor se pusiera en su camino. Refiere Juárez Cano que Agramonte tuvo conocimiento de la llegada de aquellos hombres a Cascorro y envió mensajeros para que informaran al Comandante Militar de que las prefecturas insurrectas en el cuartón de Jacinto estaban desguarnecidas. Tan pronto Alfaro, que este era el nombre del capitán de la Compañía Volante, tuvo conocimiento de aquel informe falso, se preparó para asolar la comarca. Y efectivamente, al día siguiente, 48 horas después de la victoriosa y sangrienta acción del "Salado", sale la Columna Volante en dirección a Jacinto. En este lugar el Mayor había preparado corrales simulados, para atraer al enemigo, que de seguro se dirigiría a ellos, tan pronto los columbrase, con el avieso intento de robarles todo el ganado. Agramonte, cuando recibe por sus patrullas exploradoras la noticia de enemigo a la vista, se dispone a la acción, colocándose sobre el rastro de la tropa española. A las diez de la mañana, aproximadamente, de aquel día 25 de julio de 1872, la vanguardia de la Columna Volante llegó junto a los corrales de Jacinto. Agramonte, que marchaba sobre el rastro, a corta distancia del enemigo, casi todo de infantería, tan pronto observa que está llegando a Jacinto ordena el toque de degüello y aquellos hombres, que dos días atrás habían destrozado el centenar de soldados de González Estévez, envalentonados por el éxito, se lanzan en carga a fondo, insuperable e incontenible, sobre la célebre Compañía de Movilizados que rueda deshecha minutos después, bajo el filo de los aceros de aquella caballería sólo comparable a los llaneros de Páez o a los escogidos escuadrones del glorioso Seidlitz. De la macheteada escapar pudieron solamente algunos exploradores y los prácticos, por ir montados y por su conocimiento del terreno, sobre el que había quedado la flamante compañía que llevara en su marcha hacia Bayamo el General Valmaseda a fines de 1869. Cuando la trompeta mambisa tocó alto a la carga, había por el suelo 180 enemigos muertos y heridos: Las bajas cubanas consistieron en tres muertos y siete heridos y entre las enemigas se encontraban los cadáveres del capitán Alfaro y de todos sus oficiales. Los prisioneros fueron juzgados inmediatamente y, condenados a muerte, se ejecutó el fallo en los árboles inmediatos. El botín cubano consistió en diez acémilas, dos mil cartuchos, víveres, efectos de la oficialidad y de la tropa, seis caballos equipados, 192 fusiles y carabinas, machetes, revólveres, equipos, archivo, botiquín, etc. De labios del General Agüero hemos oído la anécdota que consigna Juárez: él, capitán entonces, que entró casi desnudo en combate, pudo vestirse y equiparse completamente, al igual que muchos cubanos, que carecían de vestuario y de zapatos. Para conmemorar esta sangrienta jornada organizaron los cubanos el regimiento de infantería "Jacinto", que fué modelo de eficiencia y disciplina, hasta la Paz del Zanjón. Y en la guerra del 95 volvió a organizarse un regimiento, con el mismo nombre y de la propia arma. Las dos acciones que quedan relatadas, son índice elocuente de la labor egregia realizada por el Mayor, quien había dotado a Cuba de tropas de caballería superiores, sin lugar a duda, a la propia caballería de línea española; y digo superiores porque lo eran la calidad de los caballos y la habilidad de los jinetes, cuyas cualidades somáticas les permitían formar con sus monturas una sola pieza, ideal acariciado, como un sueño, por los grandes jefes de caballería en la historia de esta arma, que aquí se ofrecía con todos los caracteres de la realidad, en virtud de la serie de circunstancias coincidentes en el hombre de Camagüey, de que hemos hablado, en el primer libro de esta obra. Así pudo decir Fernando Figueredo: "Ese hijo de la intemperie, nacido en las ricas haciendas de crianza, acostumbrado desde niño a jugar con el caballo, enlazando y colocando las reses en las dilatadas sabanas de Camagüey, imaginaos un nuevo animal, un centauro, mitad hombre, mitad caballo, inteligente, ágil, atrevido, valiente, armado de un rifle corto, un machete y una espuela que maneja a discreción, con soltura y facilidad, pendiente el rifle de una bandolera, que lleva terciada, y el machete que sujeta un cordón, cuando desnudo, que se enreda a la muñecá: la espuela, el eslabon que une al hombré con el bruto y por ella se identifican y el uno obedece al otro; formaos una idea de lo que será un grupo de estos centauros, cuando embriagados por el combate, animados por el jefe, guiados por el más puro de los sentimientos, el amor a la tierra que le vió nacer, y exaltados por el odio al tirano, que lo oprime y lo veja, cae como una avalancha sobre su contrario, y arma al brazo, libre de la brida que abandona, afirmado en el estribo, despreciando los fuegos de la fusilería y el espantoso estrago de la artillería, salta por encima de la triple fila de aceradas bayonetas, y arrollándolo todo, atropellándolo todo, todo cuanto a su paso encuentra, entrando por este lado del cuadro, sale por el otro, acuchilleando, matando, destrozando... , y os habréis formado una idea pobre de lo que es la caballería camagüeyana y de lo poderoso de su empuje." Hemos visto que el 10 de mayo de 1872 el gobierno de la República había nombrado al Mayor jefe del departamento de Santa Clara. Meses después hacía circular Agramonte, en toda la amplia zona de su mando, las siguientes instrucciones: "Orden General de la Jefatura del Distrito de Occidente de 28 de julio de 1872. "Con el fin de evitar entorpecimientos en las marchas y las graves consecuencias que en los combates suelen originar las voces desautorizadas, que se dan y se repiten, con perjuicio de las miras e intenciones del jefe de la fuerza, comprometiendo el éxito de la acción, y a veces la moral misma del ejército, así como de las que provienen de la demora, por entretenimiento del soldado, mientras despoja al vencido u ocupa efectos de cualquier clase, dando lugar así a que el enemigo se rehaga, en vez de impedirle que forme un centro de resistencia, lo cual puede a menudo convertir en desastre un triunfo ya consumado, el Cuartel General ha dictado las prescripciones siguientes: "Primero: no se obedecerá en las marchas ninguna voz de mando trasmitida por las filas, sino las que lo sean por el condueto regular. "Segundo: Los soldados se abstendrán, durante el combate, de dar y repetir voz ninguna de mando para practicar o efectuar movimiento alguno por más que les parezca seguro o inmediato su buen resultado, debiendo por el contrario dejar que los oficiales transmitan sin dificultad las del jefe respectivo, siendo deber del soldado obedecer estrictamente las órdenes superiores. "Tercero: Ningún individuo del ejército, cuando se va cargando al enemigo, se demorará por ningún motivo a recoger efectos, ni a despojar a los contrarios derribados, pues esto es de la incumbencia de los que vienen detrás; debiendo los más avanzados ocuparse exclusivamente de derrotar al enemigo, evitando que forme núcleo alguno de resistencia y de lo cual deberán cuidarse los oficiales. "Cuarto: Esta orden general se leerá a la tropa dos veces por semana, hasta tanto quede bien instruida de sus disposiciones y poseída de su espíritu sea supérflua su lectura. Ignacio Agramonte Loynaz." Termina este año la vida militar de nuestro biografiado con las siguientes acciones: ataque por sus fuerzas al poblado de "Las Yeguas", el nueve de octubre; combate de "La Matilde" el 22; acción del "Carmen" el 29 de noviembre y combate de "Loma de Vapor" el 21 de diciembre. Refiriéndose a la primera de las mentadas acciones de guerra, dice Pirala: "Que procedían activamente los insurrectos sus agresiones, y así acometieron al poblado y destacamento de "Las Yeguas", en el camino de Puerto Príncipe a San Jerónimo, sin tener apenas tiempo los vecinos para acogerse al fuerte, por lo imprevisto de la acometida, rechazada por la pequeña guarnición, imposibilitada en los primeros instantes de emplear todos los fuegos, como lo verificó desde las torres y trincheras del hospital, que algunos enfermos contribuyeron a defender, sin poder impedir que los insurrectos penetraran en el poblado." Las fuerzas cubanas se aprovisionaron abundantemente de lo que necesitaban y quemaron las casas del pueblecito, a la vista de los españoles, que se mantenían a la defensiva. La segunda de las acciones citadas la empeñó el Mayor solamente con su Estado Mayor y escolta. Iba de marcha el insigne capitán de la milicia cubana cuando se entera que en la zona donde operaba se encontraba una fuerza española. Acto seguido busca contacto y la carga al machete, derrotándola, haciéndole numerosas bajas al arma blanca y varios prisioneros. Entre las fuerzas de Agramonte marchaba el joven Augusto Arango quien hizo prisionero al alférez de voluntarios de Puerto Príncipe Don Miguel Ibargaray, hermano de uno de los que asesinaran, a principios de la guerra, en el Casino Campestre de esta ciudad, al glorioso veterano del 51 Augusto Arango, padre de aquel joven, quien no quiso matar en la carga al oficial español, ,capturándolo y entregándolo al Mayor. Sometido a consejo de guerra sumarísimo, en el que actuó de defensor Ramón Roa, fié sentenciado a muerte y ejecutado el mismo día sobre el campo de batalla. La tercera acción costó la vida a Manolo Pimentel: Oigamos el relato que de la misma hace Ramón Roa: "Mi hermano, díjome Manuel, acentuando su acostumbrado cariñoso vocativo, tengo el presentimiento de que en la primera de cambio voy a morir por la Patria.... Tú sabes que mi antecesor, je de la escolta, valiente hasta la temeridad, fué J. de la Cruz, que con riesgo de la suya salvó una vez la vida al Mayor, que estos doce hombres que él mandaba, y yo mando ahora, no tienen mas Dios que el Mayor, y que su forma de adorarlo es lanzarse entre el enemigo irreflexivamente, como una legión de diablos. Para imponérmeles tendré que sobrepujarlos, buscando que 1 s españoles me hieran, porque no consentiré que ninguno de s subalternos mejore la plana a un habanero. ...Así iba diciendo cuando el fuego de la avanzada interrumpió nuestro diálogo, momentos después el Mayor, con su escolta, salía a galope a encontrar al enemigo. Nuestra fuerza montada se había desplegado en tiradores, en un pequeño declive del terreno atisbando la ocasión de lanzarse a la carga. Mientras los exploradores y escolta les fogueaban en guerrilla, por el frente, y nuestra infantería a buena distancia, a retaguardia, ocupaba una posición favorable para el caso de que los realistas los obligasen a retroceder." "Los infantes enemigos, a pie firme, nos dirigían 'descargas repetidas, que fallaban las más por elevación, aventando la hoja-rasca de la arboleda que de trecho en trecho salpicaba l el campo. Una de tantas balas de fusil así disparadas, hubo de tronchar el tallo de una verde y lustrosa güira, que pesaba de 3 a 4 libras, por lo menos, en el instante preciso en que rápidamente pasaba nuestro buen capitán Federico Diago, de la Habana, lar debajo del árbol cuyo era el mencionado fruto; el que desprendido, aplomo le cayó sobre la espalda, a tiempo que hendía los ares la detonación de una pieza de montaña. ¡Qué cañonazo me :un dado! exclamó Diago, contrayéndose de dolor por la contusión, pero sin detenerse en ,el tropel del galope; y al dirigirnos a él los más inmediatos, vimos rodar hecha pedazos la derribada güira, que exhibía sus blancas tripas desparramadas entre las hierbas, por los furores de la guerra." "Lentamente renovó el enemigo su movimiento de avance; hasta hacer alto enfrente de nuestros tiradores, quienes a fuego graneado se fueron replegando con dos heridos de consideración, el Comandante H. M. Reeves, que lo fué gravemente en el abdomen y el Capitán Tomás Rodríguez, en un pie. Una sección de exploradores quedó cubriendo nuestra retirada." "Entre tanto, el general Agramonte colocó sus fuerzas de infantería en actitud de defender el campamento, pasando la caballería a formar la reserva." "Sobre el portillo de una cerca de "mayas" puso al teniente Escipión de Varona, con algunos números, y detrás de éste, escalonado al teniente Manuel Pimentel, con. la Escolta; por allí se esperaba el grueso del enemigo, que no tardó en iniciar el ataque con fuego de fusilería; Varona, "el niño del campamento y el hombre del combate", le recibió como acostumbraba el incomparable doncel, oponiéndole temeraria resistencia bajo una lluvia de plomo, hasta que cayó mortalmente atravesado por el pecho. Avanzó Pimentel con la Escolta, y a poco ¡maldito presentimiento! cayó también, con una herida en el cuello, y, al desplomarse exánime, otra bala le penetró en la región occipital." "Se reforzó la línea y se aguardó el avance general, pero de improviso cesó el fuego del enemigo y un silencio incomprensible sucedió al estrépito de las armas. ¿Se le había acaso rechazado, siendo sus fuerzas superiores, sin que mediara grande empeño ni porfía? ¿O era aquélla una estratagema, para encubrir un movimiento combinado? De nuestra parte se adoptaron todas las medidas de precaución que el caso requería y nos quedamos en espectación con natural incertidumbre y no disimulada impaciencia, que las pausas en la guerra saben mal cuando se está oliendo la pólvora. Demasiado próxima la noche, no parecía lógico esperar ya nuevas acometidas de un enemigo, a quien no era dable sorprendernos; pero ¿qué motivaría aquel espantable silencio? ¿Aquella cesación de hostilidades apenas rota la primera lanza?" "¡Se fueron! dijo. ¡Van huyendo en diferentes grupos y en donde no hay vereda van arrollando esos maniguazos que dá lástima! Ello es que se marcharon fraccionados. Ni el "Mayor", ni nadie pudo explicarse semejante retirada, la que a todos nos dejó estupefactos. Tendrían órdenes terminantes de vivaquear en otro sitio estratégicamente fijado." "En medio del mayor recogimiento se dió sepultura a los cadáveres de Pimentel y de Varona, modelos de disciplina y de amor patrio, y se despacharon los heridos con el Dr. Luaces, un practicante y una pequeña escolta para dejarlos en el lugar menos expuesto a las irrupciones del enemigo, que era el maximo de seguridad entre nosotros". La última acción, con la que se cierra la campaña de este año, la dió el Mayor contra una columna compuesta por el batallón del Rayo al mando del teniente coronel Camps y Feliú. Los españoles eran 450 hombres de infantería y 80 de caballería y los cubanos 250 jinetes del Camagüey, apoyados por un centenar de infantes. La acción fué reñida. El caballo del coronel Camps recibió un balazo, a dos pulgadas del ojo derecho, teniendo que descabalgar dicho jefe, a quien también le mataron el próximo caballo que utilizó. El Mayor dirigió admirablemente la acción, causando muchas bajas a la columna, que sostuvo sus posiciones, mientras los cubanos se retiraban ordenadamente por falta de cartuchos. * * El 18 de abril de 1873 llega a la Habana el Capitán General Pieltaín y una de sus primeras disposiciones fué ordenar que se acudiera prontamente a batir a Agramonte, lo que debía de ejecutarse antes de que principiara la época de las aguas. Esto marca, por si sólo, la importancia que para el gobierno español tenía la figura guerrera de nuestro caudillo que ya, en el año que vamos a historiar, había propuesto con fecha primero de enero, un plan de invasión a occidente pidiendo, como hemos dicho más arriba, solamente 400 armamentos de precisión; él tenía los soldados y ansiaba, confiado en sus altas dotes, que en las llanuras de las Villas sintiera el español tirano el trote de su corcel de, guerra, nuncio seguro del éxito por toda Cuba acariciado. Pero el Gobierno, que ya había aplazado la petición de Gómez, menos optimista que el Mayor, aprueba y aplaza nuevamente el sabio plan de estrategia notable. Concedamos Otra vez la palabra al glorioso veterano Ramón Roa: "Sin duda, propúsose Agramonte redoblar sus empeños militares, cuando el día primero de enero de 1873 dirigió al Presidente de la República una carta semioficial, en la que excitaba el ánimo del Gobierno a la realización inmediata del pensamiento salvador de nuestra causa, que era nada menos que invadir el territorio de las Villas, abandonado en definitiva desde el desastre de las Varas y muerte de Diego Dorado, para cuya reconquista, por decirlo así, solamente exigía, en su concepto, que se le enviasen 400 armamentos de precisión, provistos de una cantidad regular de municiones, sin que por el pronto fuese necesario acudir a un esfuerzo de tropas para llevar a cabo operación de tanta trascendencia." "Anticipándose, con buen razonamiento, a la aprobación del Gobierno, pocos días después despachó al comandante Francisco Jiménez a fin de que, allende la trocha de Jácaro a Morón, preparase el terreno para la mejor ejecúción de sus proyectos." "Agramonte confiaba mayormente en las fuerzas villareñas que tenía a sus órdenes, bajo las inmediatas de jefe tan heroico como el brigadier José González Guerra, quien además le era muy adicto; por lo que en él tenía un celoso cumplidor de todas sus disposiciones y medidas, encaminadas a mejorar los servicios." "Contaba aquel general, a mayor abundamiento, con la disciplina proverbial de su tropa camagüeyana, ya para dejar cubierta su base de operaciones a retaguardia, ya para rodearse de un escogido contingente de caballería, arma que gozaba de merecido prestigio por su intrepidez y arrojo, de los cuales los españoles mismos se hacían lenguas, especialmente después del caballeroso rescate del brigadier Julio Sanguily". "El General Agramonte, a favor de su espíritu, recto y justiciero, de su tacto en el manejo de la cosa pública y de su conocimiento de los hombres, que le permitía ser inflexible, sin dejar' de ser bienquisto, merced al buen ejemplo, que en todo y para todo, a todos daba. había logrado lo que, medida la intensidad del mal, hubiera sido para todos obra de romanos, que no era un punto menos la de obtener que el villareño, algo así como peregrino displicente, olvidase las ofensas y el despojo de que fueron objeto sus conterráneos, por parte del camagüeyano general Manuel de Quesada, con el especioso pretexto de organizar las distintas armas del Ejército en los comienzos de su mando." "Agramonte, en efecto, había logrado destruir de cuajo todo sentimiento de regionalismo, entre villareños y camagüeyanos, por lo que aquéllos llegaron a sentirse como en casa en la tierra del "Lugareño", en donde formaban una valiente división del Ejército; y los camagüeyanos, a su vez, gustaban de alardear de esa hospitalidad que en pueblo tan viril fué característica, cuando el infortunio llenó de huéspedes su territorio, bravamente por éstos defendido, como campeones de la libertad." Si se considera que los párrafos anteriores salieron de la pluma de un villaclareño, podrá ponderarse la admiración y simpatía de que gozaba el Mayor entre aquella gente y si se estudia, con ojo de estratega, el plan de Agramonte se descubre en el acto su bondad. Es un hecho indiscutible que el acontecimiento más importante de la guerra de 1895 a 1898, lo constituyó la invasión, que llevó el fuego de la Revolución a las provincias occidentales, recogiendo elementos importantes de guerra, en la larga ruta recorrida, y alzando a toda Cuba en armas contra la nación opresora; y nadie puede dudar que el arma que realizó ese milagro bélico fué la caballería. Así la célebre frase del General Gómez que compendia, con nitidez y precisión admirable, toda su estrategia: "Nada importa flanco y retaguardia sucios, frente limpio." Imagínese lo que hubiera resultado de la invasión en 1873, cuando los fusiles enemigos eran muy inferiores en precisión y rapidez de tiro al máuser, que empleó el ejército español en aquella segunda campaña, y cuando la caballería camagüeyana había llegado al grado de perfección y eficiencia qué le hemos podido apreciar, en el estudio de los múltiples combates librados por el Mayor. Aquí, en Camagüey, había sólo los puntos fuertes de la línea Camagüey-Guáimaro, y las dos ciudades costeñas, que se mantenían en poder del enemigo; en tanto en Santa Clara decenas y decenas de pequeñas guarniciones se ofrecían, pródigas de armas y pertrechos y fáciles a la captura, al ejército cubano; guarniciones que hubieran ido cayendo, como lo fueran en Habana y Pinar, durante la invasión del 95 y que hubiesen ido repletando las cananas de nuestros soldados, con cada éxito más enardecidos, y cada día más seguros de vencer. Pero todo se frustró, porque la Providencia habíalo dispuesto de otro modo; que no es falsa la frase formidable de Bossuet: "El hombre se mueve y Dios lo conduce." El día 5 de enero inauguran las tropas del Mayor la campaña de este año 1873 con el combate de Buey Sabana, quedando dueñas del campo y obligando al enemigo a retirarse, con bastantes bajas. Principia el combate lanzando el jefe cubano una punta de caballería sobre el enemigo, que contesta con fuego de artillería y avanza hacia el campamento nuestro, en donde Se le recibe con fuego graneado, por aquella admirable infantería de las Villas, en tanto que la caballería y tropas de infantería del Camagüey, cargan sobre él, obligándole incontinenti a retroceder. Reforzados los españoles intentan un segundo asalto, en el que son rechazados nuevamente, retirándose a la casa de "Curana", lugar de donde les sacaron los cubanos, con su punta provocadora. Las bajas nuestras en esta acción consistieron en dos muertos y diez heridos. Se recogieron rifles, un caballo equipado machetes y parque. Al día siguiente se ordena un asalto al campamento enemigo, por exploradores e infantería de las Villas, retirándose los cubanos hacia "Limpio Grande", después de haber llenado s, misión. Durante los días sucesivos continúan las fuerzas del Mayor marchando constantemente, hasta el 21 de enero, en que dá la acción en el camino del Jobo a la Ceiba, que dura una hora y de cuyo campo los españoles tuvieron que retirarse. El combate tiene el mismo matiz que el anterior,, pues a las cuatro de la tarde se advierte en el campamento cubano que un grupo de caballería enemiga persigue a los exploradores, por 1c que sale al encuentro de la contraria tropa la primera compañía del primer batallón de las Villas que le carga, rechazando al enemigo. Bajas cubanas: dos muertos y tres heridos. Bajas españolas: seis muertos y diecinueve heridos, que llevaron al siguiente día a Magarabomba; mandaba la columna española el coronel Macías, que demostró su tenacidad y valor peleando tres días después con la propia fuerza de Agramonte, en la Sabana de Lázaro. Veremos como se desarrolla esta acción: A las cuatro de la tarde del día 24 de enero de 1873, asaltan, bajo abundoso aguacero, el campamento del Mayor, establecido en la "Ceja de Lázaro", tropas españolas al mando del citado coronel Macías. Lo imprevisto y violento de la acometida, que constituyó una sorpresa para el mando cubano, hace que sus jinetes entren en acción sin haber puesto las monturas a sus corceles; pero la excelencia de su caballería les permitió repeler el ataque y después de reñida brega hubo que dejar el campo al enemigo, que confesó cuatro muertos y once heridos. Las bajas cubanas consistieron en tres muertos y seis heridos, habiéndose ocupado algunas armas y pertrechos; pero perdido al capitán José Moreira y teniendo herido gravemente, a un teniente. El "Diario" del Mayor, llevado por su secretario Ramón Roa, dice de esta acción: "1873. Enero 24.—"Boca Potrero", "Babiney Amarillo", "Laguna del Descanso" y "Sao de Lázaro". Por el camino de Magarabomba hizo fuego nuestra avanzada, confundiéndose los disparos, bajo un recio aguacero, con golpes de guano al caer. El enemigo, fuerte de 300 jinetes, se presentó de súbito a la entrada del campamento. Nuestra fuerza montada hizo frente y cargó, siguiéndola gran parte de la infantería. Los enemigos, pie a tierra, se defienden; muchos mueren al machete y la mayor parte, en desorden, se repliega; nos apoderamos de muchos caballos; nuestra fuerza carga al convoy enemigo y éste se rehace y carga; los nuestros se retiran, abandonando la mayor parte de los caballos recogidos. La lucha fué tenaz, cuerpo a cuerpo, y se hicieron alardes de valor, tomando prisioneros. El enemigo sufrió considerable número de bajas. Las nuestras: Actiagno, herido, Villas, primer batallón; muertos, el capitán José María Moreira, un cabo y un soldado, herido un cabo del segundo batallón; heridos, un sargento, un cabo y dos soldados. Total: 3 muertos y 6 heridos. Ocupó el primer escuadrón, una carabina remington y dos caballos. Ocupó el segundo escuadrón dos armas de precisión, con cápsulas, y tres caballos con montura. Ocupó la escolta del Cuartel General ocho caballos y 36 cápsulas, ropa y otros efectos." Los españoles confesaron haber perdido en este combate un sargento y tres guerrilleros muertos, y once heridos. Durante los primeros cinco días de febrero realiza constantes marchas la columna de Agramonte y el día sexto sostiene un encuentro con el enemigo en el "Ciego de Najasa", habiendo durado el fuego cuarenta minutos. En esta acción recibió una herida en el cuello el doctor Antonio Luaces. El día 9 sostuvo el Mayor otro encuentro en "San Miguel", resultando heridos el teniente coronel Antonio Rodríguez y el capitán de Sanidad José Miguel Párraga. Antes de romperse el fuego habían llegado al campamento los heroicos comandante Reeve y capitán Diago. Veamos el "Diario de Operaciones" del Mayor, refiriéndose a la mentada acción: "9 de febrero de 1873. Domingo. Como a las siete y media se presentó el enemigo en "San Miguel" y trabóse combate durante cuarenta minutos, siendo herido el teniente Coronel Antonio Rodríguez, del Oeste, y dos individuos de tropa, el doctor Párraga, del Sur, y cuatro sargentos, un cabo y seis soldados de las Villas. Antes de romper el fuego habían llegado el comandante Reeve y capitán Diago; marchamos todos a "Rincón-Arriba", "Sabanitas" y "Genoveva Pacheco". Al rancho de Jesús Mendoza, llevados por Agustín Carmenates, sargento Jesús Socarrás, enfermo y Patrocinio Mancebo. Heridos, todos, enviados al Oeste." En tanto en la manigua cubana se continuaba bregando fieramente, por la libertad, en España se había proclamado la República y el día 15 de febrero, de aquel año, se publicaba en Camagüey la siguiente orden: "Orden de la Plaza del 15 de febrero de 1873. Según telegrama recibido del excmo. Sr. Capitán General ha sido proclamada la República en la Península, por abdicación del Rey Amadeo, habiendo quedado constituido el Gobierno en la siguiente forma: Presidencia: Figueras. Guerra: General Córdoba, Marina: Berenguer, Fomento: Becerra, Hacienda: Echegaray, Gobernación: Pi y Margall, Estado: Castelar, Gracia y Justicia: Nicolás Salmerón. Ultramar: Francisco Salmerón. Lo que de orden excmo. Sr. General en Jefe se hace saber para conocimiento del Ejército. Puerto Príncipe, 15 de febrero de 1873." El 1º de marzo de aquel año dispersan las fuerzas de Agramonte una guerrilla que conducía ganado, y le ocupan armas y municiones. El 3 de marzo Agramonte, al frente de su escolta, estado mayor y el segundo escuadrón de cazadores montados, derrota a una fuerza de caballería a las órdenes del capitán Manuel Olega, de la Guardia Civil. Recorría el Mayor los talleres de montura, de serones, soga, sudaderos, fábrica de cal, depósito de azufre y armería, ocupación que entreteníale buena parte de su tiempo y que evidencia sus cualidades de general, pues ese aspecto de la milicia, que constituye la administración, no debe descuidarse nunca; cuando, hallándose acampado, los tiros de la guardia anuncian la presencia del enemigo. Inmediatamente se oye en el vasto escenario del campamento el agudo toque del clarin, llamando, a las armas y formada rápidamente la tropa veterana, parte a encontrar al enemigo. Mandan las tuerzas contrarias, además del citado capitán, el teniente de caballería del Príncipe Enrique Muñiz. Y como ocurre siempre, cuando dos fuerzas de caballería se encuentran al arma blanca, la más débil cedió el campo a la más fuerte, convirtiéndose la fuga en espantosa derrota, con ensangrentada secuela de cadáveres y heridos. Así, cuando la trompeta cubana llamó a sus fieles, para el pase de lista, había sobre el terreno 28 cadáveres españoles. Se hicieron dos prisioneros, se ocuparon caballos, carabinas, sables, revólveres y parque. Sobre el campo de la acción fué ascendido a teniente coronel, el comandante Henry Reeve facultad que, dice Roa, tenía el general quien propuso, además, el ascenso a coronel del referido valiente americano diciendo: "Y no extrañe al gobierno que se 'sucedan casi sin interrupción las propuestas de este digno jefe para coronel y para brigadier. Necesito un segundo en Camagüey y desgraciadamente entre los muchos jefes superiores en el Departamento de mi mando, no encuentro uno que reuna las, aptitudes indispensables que concurren en este jefe para secundarme. El comandante Reeve, con sus relevantes cualidades, se hace acreedor a toda mi confianza, y creo de mi deber prevenir al Gobierno de la República favorablemente hacia este joven extranjero." * * El 8 de marzo de 1873, libra el general Agramonte el combate de Aguará, contra una fuerza española superior, la que salió derrotada. Como a las dos de la tarde de este día una columna española al mando del comandante Sánchez del Campo, en número de 300 hombres, de infantería de la Reina y contra-guerrillas de Puerto Príncipe, se encontró con el campamento donde se hallaba el Mayor General Ignacio Agramonte con el primero y segundo escuadrón, su estado mayor y escolta. Tan pronto la guardia cubana anunció enemigo a la vista, se colocó sobre las armas el campamento, saliendo las tropas al encuentro del español, a quien cargaron, arrollándolo y obligándolo a replegarse, perseguido, hasta las márgenes del río, repasado el cual se parapetó su infantería en la barranca opuesta, desde la cual abrió nutrido fuego de fusilería. Sobre el campo quedaron diez cadáveres enemigos y, según propia confesión de los españoles, por sus partes oficiales, tuvieron veinte muertos y gran cantidad de heridos, entre éstos el propio comandante Sánchez del Campo, quien lo fué de tal gravedad que murió poco después. En la propia sabana, frente al enemigo, y a tiro de fusil, desplegó el Mayor sus escuadrones haciéndoles maniobrar y provocándolo a fin de que empeñara combate nuevamente, lo que no pudo lograr. Las pérdidas cubanas consistieron en un muerto y cuatro heridos, habiéndose apoderado nuestras tropas de un buen número de caballos, fusiles, cápsulas, monturas, machetes, etc. Ramón Roa, hablando de la acción de "Aguará" y en palabras liminares a su descripción, dice que el Mayor dirigió una carta a Vicente García, Jefe de Operaciones del Distrito de las Tunas, dándole conocimiento de ciertos planes del enemigo e invitándole a ponerse de acuerdo, con la mira de destruir aquéllos. Que la aludida carta mereció pronta y honrosa contestación del caudillo de Las Tunas, el que ofreció sus servicios, al frente de sus tropas, al general Agramonte. Tal era, dice Roa, la consideración que Agramonte merecía a sus conmilitones de la Revolución armada. El día 7 de mayo de 1873 recorría el general Agramonte la zona de cultivo de Puerto Príncipe, que se había extendido a unas tres leguas por el Tínima, hacia el Sur, y donde se encontraba enclavado el fuerte "Molina", que custodiaban fuerzas de la Guardia Civil. El Mayor tocó la trompeta y provocó al enemigo que, en número de 50 a 60 hombres de infantería y caballería de la Guardia Civil, salió a pelear. Esta fuerza, en combate con la tropa de Agramonte, fué rápidamente derrotada, habiendo dejado sobre el campo diez cadáveres y llevádose algunos heridos. Los derrotados se ampararon en el fuerte, abandonando muertos, armas, caballos y pertrechos, que ocuparon los cubanos, quienes destruyeron por el fuego la casa de vivienda contigua al fortín, de la que extrajeron cuantos efectos útiles había. Cuando estos hechos sucedían, recorría la zona de cultivo, ya dicha, el teniente coronel Abril con tropas de Guardia Civil y del Regimiento de la Reina quien, desde luego, acudió al lugar de la acción; llegando después de terminada y cuando los cubanos se habían movido hacia la finca "El Rosal". Abril persigue a la tropa mambisa y tan pronto la encuentra se lanza a la carga. La caballería nuestra contesta con una descarga de fullería, lanzándose inmediatamente en terrible contracarga a fondo con tal ímpetu que el enemigo, perdida la cohesión y resquebrajada la fuerza moral, vuelve grupas precipitadamente, resultando vanos los esfuerzos de la oficialidad por mantenerlo firme, y convirtiéndose la acción en una macheteada formidable, la que en vano impedir intentaron los heroicos oficiales españoles, quedando sobre el campo de la acción 47 cadáveres; entre ellos loa del teniente coronel citado, un capitán graduado, un capitán efectivo, un alférez y 43 alistados. Se ocuparon 48 rifles, 2.600 cápsulas, 47 armas blancas, 40 caballos, monturas, equipos, ropas, etc. Las bajas cubanas consistieron solamente en un capitán herido. Se repetía el fenómeno, frecuente y conocido, en los anales de la caballería de todos los tiempos, a que hace rato venimos aludiendo. Este éxito de Agramonte lo produjo la incontrastable superioridad de su caballería y la veneración y fanatismo que por él sentían sus subordinados. Muy pocos días hace que oímos de los labios del Sargento Luis García Ramírez, ya citado,, el relato de esta gloriosa acción en la que el Mayor electrizó a sus hombres al darles el grito de ¡A caballo, muchachos! (9) Es conocida en la historia con el nombre del "Cocal del Olimpo". Veamos el parte oficial que aparece en el "Diario de Campaña" del Mayor Agramonte. "Mayo 7.—Olimpo, Rosario y fundo de Santa Cruz. Se capturaron algunos paisanos; se recogieron armas blancas, ropas y vinieron voluntariamente a nuestras filas Salvador Betancourt y Rafael Zaldívar; aquél con un rifle. Al frente de la finca se capturaron cinco trabajadores con machetes y ropa; al ingenio de Zaldívar, y se detuvieron a algunos trabajadores. A Miranda; se recogieron dos bestias, comestibles y ropa; y a Molina, donde se cogió a unos carreteros y seguimos a un potrerito inmediato al fuerte, en el cual se trancaron, a tiro de rifle del enemigo, ocho bestias y se tomó un prisionero, de la Guardia Civil. Se tocó la trompeta y provocó al enemigo. Se ejecutó al prisionero. De regreso a Santa Rosa, y cerca de la casa, enemigo por la retaguardia, como 50 hombres de infantería y caballería de la Guardia Civil. Fueron derrotados completamente, obligándolos a ampararse en el fuerte, dejando 10 cadáveres en el campo, arma y caballos. Se llegó a la casa de vivienda del fuerte; fué incendiada y se extrajeron efectos. Heridos el trompeta de caballería Manuel, el caballo del teniente coronel Reeve ("Tigre"), y muerto uno del primer escuadrón. Regreso a "Santa Rosa", "San Fernando" y el "Rosario"; alto para despachar los prisioneros; fuego por retaguardia. Nuestra fuerza retrocede ocho o diez cordeles, a tomar posición: al presentarse el enemigo (más de 100 hombres de la Reina y Guardia Civil), que venía cargando, sable en mano, se le hace una descarga y nuestra gente se lanza sobre ellos con tal ímpetu, machete en mano, que aquéllos vuelven grupa con precipitación, y aunque dos veces trataron de hacerse, firmes y oponer resistencia, el empuje de los nuestros lo impidió, matándole 47 hombres, "entre ellos el teniente coronel Abril, un capitán graduado, un capitán efectivo, un alférez, etc. persiguiéndolos vivamente, hasta su campo atrincherado, donde se refugiaron. Por nuestra parte fué herido el capitán R. López, herido los caballos del teniente coronel Reeve y comandante Rafael Rodríguez. El comportamiento de los nuestros fué brillante, habiendo sobresalido el teniente coronel Reeve, por su denuedo, el alférez Tomás Rodríguez y el soldado J. de la C. Sánchez, ocupándose por las distintas fuerzas 48 rifles, 2.600 cápsulas 47 armas blancas, 40 caballos, monturas, equipos, ropa, etc. Por el "Rosario" a "San Pablo". Distribución del botín." * * Al día siguiente se dirige el Mayor General Agramonte, según consta de su "Diario de Campaña", al campo de Jimaguayú, donde se había dispuesto una concentración de tropas de las Villas y Oeste, llegando allí el nueve, al mediodía, entre las delirantes aclamaciones del ejército acampado. Su entrada en aquel campo revistió caracteres de apoteosis, pues frecos todavía los laureles alcanzados en brillantes combates contra el enemigo de la Patria, presentábase ahora cargado con las palmas que el hada de la victoria entregárale en los llanos del Cocal. Por ello, reconociendo sus méritos egregios, las tropas de las Villas y Caunao, que allí se encontraban acampadas, al presentar s s armas al paso de aquel hombre, que venía al frente de sus marciales huestes y encarnaba la persona misma del Dios de la Guerra, del héroe invicto que las habría de llevar, por caminos de 'ictoria, al través de las bayonetas enemigas, al capitolio de los libres, prorrumpieron en entusiastas y atronadores vivas al general y a su ejército. En ese campo, donde tanta gloria se conquistara para Cuba, esperaban al Mayor el brigadier José González, los tenientes coroneles Lino Pérez y N. Moral y los comandantes Cecilio González y Manuel Sánchez. oficiales superiores todos del mama de infantería, de los citados regimientos. Como oficial subalterno, de mucha nota y que desempeñara importante papel en la acción de Jimaguayú, debemos citar a Serafín Sánchez. Tan pronto el Mayor saludó a las tropas acampadas, se instaló sobre el flanco derecho del campamento, en lugar próximo a una de las márgenes del arroyo, que le atravesaba, y en seguida principió a ocuparse del estado de todas las fuerzas que allí se hallaban, de su organización, instrucción militar, equipos, etc. Al punto se principiaron a realizar ejercicios en el campamento funcionando sin cesar la escuela militar: era práctica de aquél ilustre jefe en cada lugar en que acampaba para pasar más de dos días. (10). El 10 de mayo fué de jácara y de júbilo en aquel lugar; la oficialidad de Caunao daba un banquete a la de las Villas, al que asistieron el general Agramonte, con todo su Estado Mayor, y el valiente coronel Reeve, con su oficialidad de caballería. A las ocho y media de la noche había terminado la fiesta y entonces, bien por un ranchero que vivía cerca de Cachaza, según cuenta Serafín Sánchez, bien por uno de los monteros de las tropas cubanas, Esquivel, cabo camagüeyano, que había violado la prohibición del Mayor de que saliesen en busca de ganado en la dirección de Puerto Príncipe, supo Agramonte que a Cachaza había llegado y acababa de acampar una fuerte columna española, de las tres armas. Minutos después el cornetín de órdenes tocó retreta y repetido el toque por las trompetas de los demás cuerpos se escuchó, de seguida, y, con sorpresa, por todo el campamento, el agudo y prolongado de silencio. El Mayor dió las instrucciones pertinentes a los jefes de cuerpos y avanzadas y luego, con aquella calma serena, de los grandes guerreros, como Condé la víspera de la batalla de Rocroi, se tendió a dormir profundamente; pero como Argos, siempre con los ojos abiertos, ya a las dos de la mañana estaba en pie y preparaba la patrulla exploradora que salía, momentos después, para Cachaza, a buscar al enemigo. Dejemos a Agramonte preparando sus huestes y trasladémonos al campo español. Pocos días antes se había hecho cargo, aunque interinamente, del mando del Departamento Central el brigadier Valeriano Weyler y Nicolau a quien, por una ironía del destino, había tocado reproducir la proclama que el Capitán Cándido Pieltaín dirigiera, en nombre del Gobierno de la República Española, a los habitantes de la siempre fiel Isla de Cuba. Weyler ordenó que saliera inmediatamente a operaciones, en la dirección donde debía estar el enemigo, que había destrozado a las huestes del infortunado Abril, una columna al mando del teniente coronel Rodríguez de León, integrada por 250 hombres del batallón de León, 240 de la columna volante, 74 de guerrillas a caballo y 1 pieza de artillería, servida por 60 hombres. Esta columna llegó el día 8 al fuerte Molina, desde allí a "Buey de Oro" y "San Fernando" enterró 45 muertos que encontró desperdigados por la ruta. y sobre el campo del "Cocal del Olimpo"; entre ellos dos capitanes y un coronel del ejército de España. abatidos por el filo de los machetes cubanos y abandonados, para pasto de las aves de rapiña, por los soldados que vencieran en Pavía y en San Quintín, que saquearan a Roma y que hicieran morder el polvo a los primeros generales de Napoleón el Grande. Realizada su fúnebre tarea, siguió la columna española por "Yareyes", "Santa Agueda" y "Cachaza" hasta "Jimaguayú", en busca de su enemigo. Se halla situado el campo de batalla de Jimaguayú a 30 kilómetros al sur, en línea recta, de la ciudad de Camagüey; constituye un paralelógramo con tres lados limitados, en la fecha del infausto suceso, por el bosque, mientras por el otro lado se extiende amplia la sabana, por donde avanzaba, entrando por el camino de Cachaza, la tropa española. Cruzan el campo dos brazos de un arroyo, que confluyen en un punto del potrero, situado al sur y casi coincidiendo con el eje norte-sur del cuadrilátero.
Las fuerzas cubanas esperaban al enemigo en las siguientes posiciones: Su centro, en el fondo del potrero, ocupando el lado sur del paralelógramo, y dando la espalda al monte inmediato; estas fuerzas estaban formadas por ,el regimiento Caunao y la infantería de Serafín Sánchez; el flanco izquierdo ocupaba la línea oeste del paralelógramo, colocado perpendicularmente sobre la izquierda del centro, dando el frente al potrero, y teniendo su espalda apoyada en la faja de monte que cubre ese lado, constituía el clásico martillo de los mambises; el flanco derecho, por último, formábalo la caballería camagüeyana, situada al otro extremo de la posición; es decir, al este del vasto cuadrilátero, a distancia de sobre 800 metros del ala derecha de la infantería, que cubre el fondo, ala que mandaba, como se ha dicho, Serafín Sánchez.
Levantado en 1º de mayo, 1935.—Juan J. E. Casasús (Clic la imagen para ampliar) Esta situación de las fuerzas cubanas la ofrecen al historiador los planos y versiones siguientes: Primero: el que aparece en la obra de Ubieta, hecho por los veteranos del Camagüey y que publicara el periódico "La Discusión" del lunes 4 de julio de 1910 (11); Segundo: el que publicó el "Diario de la Marina" de La Habana, en su edición de 11 de mayo de 1921; Tercero: el que publicó el "Boletín del Ejército", colección de 1930 y Cuarto: los relatos de Serafín Sánchez, Carlos Pérez Díaz, los veteranos citados y el sargento Luis García Ramírez (12). Difiere de esa colocación el plano que presenta Lagomasino, para quien las fuerzas cubanas ocupaban posición al norte, al oeste y al sur del cuadrilátero. Muchos historiadores y veteranos, al hablar de la presencia enemiga en Cachaza, de lo que tuvo conocimiento el Mayor a las ocho de la noche, se refieren a las disposiciones que tomó para el siguiente día y a la orden de entregarse al descanso inmediatamente, implicada en el toque de silencio; pero el historiador reflexivo tiene que presumir, y casi aseverar, como a la pericia y experiencia del Mayor no podía ocultarse el peligro que próximo tenía, ya que Cachaza está aproximadamente a cuatro kilómetros de Jimaguayú, y la posibilidad de que el enemigo, con conocimiento de su campamento, se decidiese a atacarlo por sorpresa. Serafín Sánchez afirma que Agramonte despachó exploradores sobre el enemigo; de seguro que estos exploradores constituían fuerte destacamento, colocado en la ruta obligada de aquél, y de seguro también que el Mayor aquella noche reforzó las guardias de su campamento, para ponerse a cubierto de sorpresa. A las cinco de la mañana del día 11 resuenan en los ámbitos del campamento cubano las notas alegres de la Diana y momentos después nuestro gallardo general adopta las disposiciones procedentes para el combate. A las seis lo hallamos dando órdenes a los jefes de infantería, mientras ya la caballería de Reeve, en el otro extremo del campamento, y que mira desde su posición Serafín Sánchez, realiza movimientos tácticos. No podemos entrar en la descripción del combate de Jimaguayú sin llamar la atención del lector hacia los cuatro planos que teníamos para su estudio. Entre ellos se advierten contradicciones notables acerca del lugar donde murió el Mayor, y de cuál fué la fuerza que hubo de matarlo. Guardando el respeto que estos estudios, la probidad intelectual y la cortesía imponen a toda persona bien nacida, debemos declarar que los cuatro planos referidos, levantados tal vez fuera del terreno, contenían tales y tan substanciales diferencias que a nosotros, acostumbrados a estudiar en la escuela de la guerra las acciones militares sobre el mapa, nos impidió, tanta incongruencia, realizar ese estudio, para presentar la acción con la precisión y claridad con que debía ofrecerse en una obra de esta naturaleza. Para obviar ese grave inconveniente fué que nos dirigimos al lugar del combate, y allí sobre el campo memorable, tomando como base tres puntos de situación precisos, levantamos el plano que ofrecemos al lector, en el cual se cumplen los requisitos esenciales de la cartografía militar.
(Clic la imagen para ampliar) Recomendamos, pues, que se estudie el combate por nuestro croquis para, posteriormente, y con conocimiento del mismo, enjuiciar los errores cometidos por quienes llevados de un noble afán levantaron obras de esta naturaleza fuera del terreno, a donde precisa constituirse, para tomar orientación, puntos y medidas que nos permitan levantar, con precisión y seguridad, el croquis, trabajo sencillo; pero delicado.
A su pié dice: "Hecho por varios veteranos,, Difiere del remitido por E. Lor. de Mola. (Clic la imagen para ampliar) Los croquis citados, con la sola excepción del de Lagomasino, carecen tanto de escala como de orientación y el presentadó por éste, atribuido al comandante Ramírez, además de carecer de escala, viola las reglas de la cartografía, al situar los puntos cardinales; ésto, por si sólo, constituye serio obstáculo para el estudio de la acción sobre el citado croquis.
(Clic la imagen para ampliar) El enemigo, de seguro que muy temprano estaba sobre las armas, porque ya a las siete de la mañana se escuchaba en el campamento cubano el tiroteo, entre nuestras patrullas y la tropa española, que avanzaba, en pos de aquéllas, razón por la cual se va sintiendo más cerca el fuego, hasta que irrumpe, con gran des precauciones, aunque parezca paradoja, en el campo de Jimaguayú. De su centro entonces parten, hacia los flancos derecho e izquierdo, fuertes destacamentos de infantería y caballería, que chocaron con los respectivos flancos cubanos, choques que constituyeron en sí la acción; siendo rechazado el flanco de caballería española por la camagüeyana; en tanto la infantería se mantuvo a distancia, haciendo fuego de fusil. Ramón Roa dice que el Mayor no pensaba entablar acción formal con el enemigo, porque para el 24 de ese mes de mayo había convocada una junta de jefes militares en las Tunas, en que se iba a. proponer su nombramiento para el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, que había tiempo se encontraba vacante; este criterio de Ramón Roa lo comparte el nieto del Mayor: pero las disposiciones que adoptó para el. combate, el orden de colocación de los distintos elementos que el mando tenía y su actitud posterior, revelan lo contrario. Corrobora esta tesis nuestra Loynaz del Castillo, quien dice que Serafín Sánchez le manifestó en la guerra que el Mayor, desde el principio del combate, decidió sostenerlo hasta la destrucción del enemigo, lo que le parecía posible, por la poderosa infantería y la situación en que la colocó. El enemigo, fusilado de frente y de flanco, recibiría al retroceder la carga de aquella caballería incontrastable. De seguro que si el Mayor no cae en la emboscada artera, que le costó la vida, Jimaguayú hubiera contemplado un macheteo como el de "Jacinto" o una carga demoledora, como la del "Cocal", en proporciones superiores. Según la propia versión de Roa, antes de comenzar la acción el Mayor se hallaba en la derecha cubana y allí, volviéndose a los hombres de su estado mayor, les dijo: "Mis amigos, yo no voy a pelear, quédense ustedes con el doctor a las órdenes del jefe de la caballería." (13) Que dió instrucciones a ésta de encontrarse con él en la finca "El Guayabo" y se fué a inspeccionar toda la línea, dirigiéndose hacia el centro, donde estaba la infantería de Serafín Sánchez, cubriendo la vereda de Guano Alto, y llevando de acompañantes a Rafael y Baldomero Rodríguez, Diego Borrero, Ramón Agüero y cuatro números de la escolta. Que momentos después ' los oficiales superiores Rafael y Baldomero Rodríguez, respectiva y sucesivamente, trajeron la ratificación de la orden; de retirarse hacia "El Guayabo." Pero dejemos a Ramón Roa y vayamos al relato de Serafín Sánchez, ya que hacia éste venía el Mayor. Dice Sánchez, que Agramonte vino a situarse en el lugar que él cubría cuando ya la infantería de las Villas, izquierda cubana, peleaba con las fuerzas españolas; que le preguntó que órdenes había recibido del coronel González y al contestarle que la de mantenerse en aquel flanco, hasta recibir las del Mayor General, Agramonte le dijo: "pues bien, aguárdelas usted, y avance, después de recibirlas, en apoyo de mi escolta."
(Clic la imagen para ampliar) Hasta aquí los relatos concordes; a partir de aquí la discordancia y la contradicción llegan hasta poner una nota de ignominia en la acción de Jimaguayú. Ceda el paso, pues, la historia inmediata a la historia reflexiva y veamos como ocurrió la muerte del Mayor. No hay duda que mientras Agramonte recorría su extensa línea de infantería ya la izquierda cubana sostenía fuego con el enemigo y hablase dado principio al combate. Parece lo más probable que el general, después de hablar con Sánchez, recorrió todo el centro de la infantería y el flanco izquierdo, hasta la altura que ocupaba el centro de las Villas, según aparece en el plano nuestro, lo que corroboran los planos de Ubieta, del "Boletín" y del "Diario de la Marina", a que nos hemos referido, de donde salió en dirección a la caballería, que estaba en el extremo este del potrero, "porque allí se peleaba bravamente". Los planos a que venimos aludiendo aceptan esta marcha de Agramonte, desde la línea de infantería, en dirección a la caballería; no obstante la diferencia de punto de partida, que señala Ubieta. No hay duda, por ser casi unánimes los informes cubanos, que su muerte ocurrió yendo en compañía de cuatro hombres: dos asistentes, el teniente Díaz de Villegas y el sargento Lorenzo Varona. Muerte gloriosa, pero sombría, que llega en el momento en que el general abandona su puesto para ocupar el de soldado; en el momento en que sale de la línea cubana unos centenares de metros dirigiéndose, imprudentemente, hacia su caballería, situada en el lado opuesto del potrero. Y en su recorrido; a doscientos metros de sus líneas, a cien del arroyo, y ya a la misma altura, donde 800 metros más al este se hallaba la caballería, recibe el disparo que le priva de la vida, procedente del flanco derecho, lanzado por la columna española. Flanco situado a 100 metros de distancia del Mayor. Aseguramos ésto, después de un prolijo y profundo estudio alrededor de la acción de Jimaguayú, afirmamos que Agramonte no llegó al cuerpo a cuerpo con la infantería enemiga, porque no hay un testigo presencial de nuestra parte que lo asevere, porque la versión de que mató a un soldado con la espada que el capitán Chucho Correa arrancó de las manos crispadas por la muerte del coronel Abril, (14) como dijera Ramón Roa, en un arranque de romántico entusiasmo, procede del campo contrario y porque lo niega un testigo mudo al que nadie, sin embargo, puede desmentir; me refiero al campo de Jimaguayú. Veamos: la versión del choque la rechaza el buen sentido, porque habiendo muerto Agramonte a cien metros al suroeste de una de las márgenes del arroyo, y a 200 metros de las líneas de infantería cubana, era necesario que el flanco español, que lo mató, hubiese cruzado el arroyo, de orilla escarpada y crecido por la época del año en que ocurrió el combate, tropa que necesitaba para ello introducirse prácticamente dentro de la línea cubana. Ese avance lo niegan todos los historiadores y supervivientes del combate, de modo implícito, cuando afirman que la columna se condujo con extraordinarias precauciones. Lo niega también el estudio c | ||||||